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      domingo, 24 de febrero de 2019

      LAS CASTAÑAS (Juan Valera)


      El día de difuntos salió muy de mañana a misa una linda beata, que la noche anterior, según es costumbre en la noche de Todos los Santos, se había regalado, comiendo puches con miel y muchas castañas cocidas.

      Como era muy temprano y apenas clareaba el día, la calle por donde iba la beata estaba muy sola. Así es que ella, sin reprimirse, con el más libre desahogo y hasta con cierta delectación, lanzaba suspiros traidores y retumbantes, y cada vez que lanzaba uno, decía sonriendo:

      - ¡Toma castañas!

      Proseguía caminando, soltaba otros suspiros y exclamaba siempre:

      - ¡Las castañas! ¡Las castañas!

      Un caballero, muy prendado de la beata, solía seguirla, hacerse el encontradizo, oír misa donde y cuando ella la oía, y hasta darle agua bendita al entrar en la iglesia, para tener el gusto de tocar sus dedos.

      Iba aquel día el caballero tan silencioso y con pasos tan tácitos detrás de la beata, que ella no le vio ni sospechó que viniese detrás, hasta que volvió la cara, poco antes de entrar en el templo.

      - ¿Hace mucho tiempo que viene usted detrás de mí? -dijo muy sonrojada la linda beata.

      Y contestó el caballero:

      - Señora, desde la primera castaña.



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