Entrada al azar

lunes, 9 de marzo de 2020

HOMBRES Y MUJERES (Claire Keegan)


Mi padre me lleva a lugares. Tiene caderas artificiales, de modo que me necesita para abrir portones. Para llegar a nuestra casa hay que manejar por un camino largo a través del bosque, abrir dos portones y, cuando se ha pasado, cerrarlos para que las ovejas no se escapen a la ruta. Soy hábil. Abro los portones, mi padre pasa sin problemas con el Volkswagen, cierro los portones detrás de él y vuelvo a saltar al asiento del acompañante. Para ahorrar nafta, enciende el auto en movimiento, tomando velocidad en la cuesta que hay antes del camino, y entonces vamos donde quiera que mi padre vaya ese día en particular.

A veces es al depósito de chatarra, donde busca un repuesto o, después de olfatear una ganga en algún aviso clasificado, terminamos en el campo embarrado de algún granjero, que arranca repollos o recoge semillas de papas en un cobertizo polvoriento. En la forja miro dentro del barril de agua, cuya superficie refleja retazos de cielos lechosos que pasan flotando, con pereza, hasta que el herrero hunde el metal al rojo vivo y quema las nubes. Los sábados mi padre va a la feria y examina ovejas en los corrales, tanteándoles el espinazo, inspeccionándoles la boca. Si compra unas pocas, no se molesta en ir a casa a buscar el remolque, sino que las carga en el asiento trasero del coche, y a mí me toca sentarme en el medio del asiento de adelante para mantenerlas ahí. Cagan como piedritas y dicen ¡beeeeh!; las lenguas de las Suffolk, negras como el hígado crudo que cocinamos los lunes. Las mantengo atrás hasta que llegamos a cualquier lugar en que pa se detenga para comer algo camino a casa. Generalmente, es en lo de Bridie Knox porque Bridie faena su propio ganado y siempre hay carne. El freno de mano no funciona, así que pa se detiene en el patio, yo salgo y pongo una piedra delante de la rueda.

Soy la chica de los mil usos.

—Por Dios, señora, ¿dónde se metió?

—¡Dan! —dice Bridie, como si no hubiese oído el auto.

Bridie vive en una casita humeante sin marido, pero tiene hijos que manejan tractores por los campos. Son hombres bajos y profundamente feos que huelen a bosta y emparchan sus botas Wellington. Bridie usa lápiz de labios rojo y polvo para la cara, pero sus manos son como las manos de un hombre. Me parece que su cabeza no va con el cuerpo, como pasa con mis muñecas cuando les cambio las cabezas.

—¿Tiene un bocado para la niña, señora? En casa pasa hambre —dice pa, mirándome como si yo fuera uno de esos chicos africanos para los que donamos azúcar durante la cuaresma.

—¡Ah! —dice Bridie, sonriendo por el chiste viejo—. A mí, esa muchacha me parece alimentada. Siéntense y voy a calentar el agua.

—Para decirle la verdad, señora, no me habría caído por acá con las manos vacías. Vengo de la feria y el precio de las ovejas es un despropósito.

Habla sobre ovejas y ganado y el clima y cómo nuestro pequeño país está en un estado calamitoso, mientras Bridie dispone la mesa, saca la salsa Chef y la mostaza Colman y corta grandes y gruesas tajadas de tocino o de jamón cocido. Me siento junto a la ventana y vigilo las ovejas, que miran, confundidas, desde el auto. Pa come todo lo que le pongan delante, mientras yo levanto una torre de galletitas y les lamo el chocolate y le doy el resto al terrier Jack Russell que está debajo de la mesa.

Cuando llegamos a casa, busco la pala del hogar y junto la caca de oveja del coche y guardo la cebada en el pajar.

—¿Adónde fuiste? —me pregunta mami.

Le cuento todo sobre nuestros viajes, mientras cargamos baldes de alimento balanceado y pulpa de remolacha por el patio. Pa pone un balde de cinc debajo de su vaca Shorthorn y se sienta a ordeñarla. Mi hermano está sentado en la sala de estar, junto al fuego, y hace como que estudia. Prepara el Certificado Intermedio. El año que viene. Mi hermano va a ser alguien, de modo que no abre portones ni limpia caca ni carga baldes. Lo único que hace es leer y escribir y dibujar triángulos con lápices especiales. Pa se los compra para dibujos industriales. Es el cerebro de la familia. Se queda ahí hasta que lo llaman para cenar.

—Ve y dile a Seamus que la cena está servida —dice pa.

Antes de bajar, me tengo que sacar mis Wellington.

—Ven a comer, haragán de mierda —le digo.

—Les voy a contar —me dice.

—No les dirás nada —le digo y vuelvo a subir a la cocina, donde le sirvo arvejas del huerto en el plato porque él no va a comer nabos o repollo como el resto de nosotros.

A la noche, saco mi mochila y hago la tarea sobre la mesa de la cocina, mientras ma mira la tele que alquilamos para el invierno. Los martes prepara una gran tetera antes de las ocho en punto y se sienta junto a la estufa y se pega al programa en el que un hombre le enseña a manejar a una mujer. Cómo hacer los cambios, dejar el embrague libre y acelerar. Salvo por una mujer hosca de detrás de la colina, que maneja un tractor, y por una protestante del pueblo, ninguna mujer que conozcamos maneja. Durante la pausa, los ojos de mami dejan la pantalla y viajan hasta el estante de arriba de la cómoda, donde escondió la llave de repuesto del Volkswagen en una tetera vieja y rajada. Se supone que yo no lo sé. Suspiro y sigo trazando el curso del río Shannon a través de un pedazo de papel encerado.

La víspera de Navidad, dejo carteles. Corto una caja de cartón y con un marcador rojo escribo: «POR ACÁ SANTA» y dibujo flechas que le indican el camino. Siempre tengo miedo de que se pierda o de que no se moleste en venir, ya que los portones son todo un problema. Cuelgo los carteles de la cerca al final del sendero y sobre los portones de madera y uno adentro de la puerta que da al vestíbulo, donde está el árbol. Le dejo un vaso de cerveza negra y un pedazo de torta sobre la chimenea y me imagino que, para la mañana de Navidad, Santa debe estar borracho como una cuba.

Papi saca su sombrero bueno y se mira en el espejo. Es un sombrero elegante, con una pluma dura metida en el ala. Le calza bien como para esconderle la parte calva.

—¿Y adónde vas a ir en la víspera de Navidad? —le pregunta mami.

—A ver a un hombre por un cachorro —le dice él y da un portazo.

Me voy a la cama y me cuesta dormir. Soy la única persona de mi clase a la que Santa Claus todavía visita. Lo sé porque el maestro preguntó: «¿A la casa de quién va Santa Claus todavía?», y la mía fue la única mano levantada. Soy distinta, pero cada año siento que hay una posibilidad mayor de que no venga, de que vaya a pasarme lo que les pasa a los otros.

Me levanto al alba y mami ya está prendiendo el fuego, de rodillas ante el hogar, rasgando un diario, sonriente. Hay un momento terrible en que pienso que tal vez Santa no vino porque dije «Ven a comer, haragán de mierda», pero viene. Me deja la muñeca Tiny Tears que le pedí, envuelta en el mismo papel de envolver que tenemos y pienso que el sistema postal es como magia, que puedo mandar una carta dos días antes de Navidad y que llega al Polo Norte de la noche a la mañana, aun cuando a Inglaterra tarda como una semana. Santa ya no le trae nada a Seamus. Sospecho que sabe lo que Seamus está haciendo en realidad todas esas tardes en la sala de estar, leyendo revistas Hit n Run y tomando la limonada roja del aparador, sin usar el cerebro para nada.

Nadie se levantó, salvo mami y yo. Somos las madrugadoras. Preparamos té y, como desayuno, comemos tostadas y dedos de chocolate. Después, mami se pone el mejor delantal, ese adornado con frutillas, y enciende la radio, corta cebollas y perejil, mientras yo rallo una hogaza hasta dejarla hecha migajas. Rellenamos el pavo y bailoteamos por la cocina. Seamus y pa bajan e investigan los paquetes que hay debajo del arbolito. A Seamus, para Navidad, le toca un tablero para dardos. Lo cuelga de la puerta y él y pa tiran dardos y anotan con tiza los puntos, mientras mami y yo nos ponemos nuestros anoraks y les damos de comer a los chanchos, a las vacas y a las ovejas y dejamos las gallinas afuera.

—¿Por qué ellos no hacen nada? —pregunto. Busco en la paja tibia, a ver si hay huevos. Las gallinas ponen menos en invierno.

—Son hombres —dice mami, como si eso explicara todo.

Como es Navidad, no digo nada. Entro y esquivo un dardo, que me pasa cerca de la cabeza.

—¡Ja! ¡Ja! —se ríe Seamus.

—En el blanco —dice pa.

La víspera de Año Nuevo nieva. Los copos de nieve caen y se derriten sobre los alféizares de las ventanas. Es el final de otro año. Me como un bol de postre con frutas para el desayuno y me quedo dormida mirando Lassie en la TV. Después de la cena, juego con mis muñecas, pero me canso de llenar con agua a Tiny Tears y de apretarle el agujero de la espalda, así que le saco la cabeza, pero tiene el cuello demasiado grueso como para que entre en el cuerpo de las otras muñecas. Empiezo a jugar a los dardos con Seamus. Él hace dos marcas sobre el linóleo: una para él y otra, cerca de la madera, para mí. Cuando saco un triple diecinueve, Seamus dice:

«Pura suerte». Según mi hermano, todo lo que hago bien es por accidente.

—Ochenta y siete —le digo, sumándome el puntaje. Soy rápida para las sumas, aunque no tan buena para las restas.

—¡Pura suerte! —dice.

—No sabes lo que es la suerte —le digo.

—Exactamente —dice.

Estoy harta de ser tratada como una niña. Ojalá fuera grande. Ojalá pudiera estar sentada al lado del fuego y que me llamasen para cenar y dibujar triángulos, chupar la punta de los lápices especiales, sentarme detrás del volante del auto y tener a alguien para abrirme los portones que tuviera que cruzar. ¡Brum! ¡Brum! Al diablo con el auto, pondría una calcomanía en el guardabarros que dijese: CUIDADO, OVEJA A BORDO.

Esa noche nos vestimos bien. Mami lleva un vestido rojo, del mismo color que el de una vaca Shorthorn. Tiene la piel pecosa, como si alguien hubiera hundido un cepillo de dientes en pintura y la hubiese salpicado. Me pide que le cierre el collar de perlas. Solía pararme sobre la cama para hacer eso, pero ahora soy alta, la niña más alta de mi clase; el maestro nos midió. Mami es alta y delgada, pero tiene la piel de las manos dura. Me pregunto si algún día se verá como Bridie Knox, si será parte hombre y parte mujer.

Pa no se viste bien. Nunca supe que tomara un baño o que se lavara el cabello; se limita a cambiarse el sombrero y los zapatos. Ahora se calza el sombrero bueno en la cabeza y se mira al espejo. La pluma está más parada que lo habitual. Luego se pone zapatos. Son unos grandes zapatos negros que se compró cuando vendió el carnero Suffolk. Tiene problemas con los cordones, ya que le cuesta agacharse. Seamus lleva un suéter verde con parches en los codos, pantalones negros con las piernas en tubo y botas de cowboy que lo hacen más alto.

—No vayas a tropezarte con los tacos —le digo.

Subimos al Volkswagen, yo y Seamus en el asiento de atrás, y mami y pa en el de adelante. Aunque lavé todo el auto, puedo oler la bosta de oveja, un olor débil y acre que siempre nos devuelve al lugar del cual venimos. Papi enciende el limpiaparabrisas; hay uno solo y, cuando remueve la nieve, chirría. Los cuervos abandonan los árboles, dejando escapar sonidos chillones, hambrientos. Dado que atrás no hay puertas, mami es la que sale a abrir los portones. Me parece que, con sus perlas alrededor del cuello y la falda roja que se abomba cuando se da vuelta, es hermosa. Ojalá saliera mi padre, que la nieve cayera sobre él y no sobre mi madre así de bien vestida. He visto a otros padres sosteniendo los abrigos de sus esposas, abriéndoles las puertas, preguntándoles si hay algo que les gusta en los negocios, trayendo a casa barras de chocolate y peras maduras, incluso cuando ellas dicen no.

El Spellman Hall se levanta en el medio de un estacionamiento, un arco de lamparitas peladas de todos colores, rodeado por un cartel torcido de Feliz Navidad sobre la puerta. Adentro es grande como un depósito, con un piso resbaloso de madera y bancos en las paredes. Unas luces extrañas hacen que toda prenda blanca deslumbre. Es sorprendente. Puedo ver el sostén de la vendedora de diarios a través de su blusa, pelusa como nieve sobre los pantalones del rematador. El contador tiene un ojo negro y un suéter hecho de diamantes de lana grises y blancos. En lo alto, brilla tenuemente y gira con lentitud un globo de espejos quebrados. En un extremo del salón de baile, hay una mesa de fórmica repleta de botellas de limonada y naranja, galletitas con crema y queso y aros de cebolla marca Tayto. Atiende la mujer del carnicero, que reparte las pajitas y recibe el dinero. Varias de las mujeres que conozco de mis viajes por los alrededores están ahí: Bridie con su lápiz labial rojo fuerte; Sarah Combs, quien solo la última semana instó a mi padre a que tomara un vaso de jerez y me dio un pedazo de torta rancia, mientras llevaba a mi padre a su sala de estar para mostrarle su nuevo juego de muebles. Miss Emma Jenkins, que siempre se la pasa friendo y tomando café en lugar de té y nunca tiene nada dulce en la casa por algo que llama sus jugos gástricos.

Sobre el escenario, unos hombres de blazer rojo y corbata a rayas tocan la batería, las guitarras, los vientos y Nerves Moran está al frente, cantando «My Lovely Leitrim». Mami y yo somos las primeras en salir a la pista para el vals del cucú, y cuando para la música, ella baila con Seamus. Mi padre baila con las mujeres de nuestros recorridos. Me pregunto cómo es que puede bailar así y no abrir portones. Seamus baila con chicas adolescentes que conoce de la escuela vocacional, la mano arriba, la cola para afuera y las muchachas girando a toda velocidad. Los viejos de treinta me piden que salga.

«¿Te animas a este baile?», preguntan. O «¿Qué tal esta pieza?».

Me dicen que bailando soy leve.

—Cristo, eres como una pluma —dicen y me ponen a bailar.

En el «Paul Jones», la música se detiene y me quedo varada con un granjero que huele ácido, como el whiskey que les damos a beber a los corderos enfermos en primavera, pero se mete el muchacho que tranquiliza al ganado en la pista de la feria y me rescata.

—No le prestes atención —dice—. Se cree la gran cosa.

Trato de imaginar qué es la gran cosa y me suena extraño. Huele a cuerdas, a recién galvanizado, a desinfectante Jeyes Fluid, o quizás solo me lo imagino. La gente dice que yo imagino cosas.

Después del baile tengo sed y mami me da una moneda de cincuenta peniques para limonada y para la rifa. Empieza un vals lento y pa va hasta donde está Sarah Combs, que se levanta del banco y se quita el saco. Lleva los hombros desnudos; puedo ver la parte de arriba de sus pechos como dos huevos de pato. Mami está sentada con la cartera sobre la falda, observando. Esta noche hay algo triste en mami; es algo que la ronda, como cuando muere una vaca y viene el camión a llevársela. Algo que no entiendo del todo está pasando, como si hubiera una nube negra que podría estallar y causar un descalabro. Me cruzo y le ofrezco mi limonada, pero apenas toma un poco, un sorbo delicado y me agradece. Le doy la mitad de mis boletos de la rifa, pero no le importan. Mi padre rodea con los brazos a Sarah Combs, bailando lento ya que lentitud es lo que él quiere. Seamus está apoyado contra la pared más alejada, con las manos en los bolsillos, sonriéndole a la rubia que acapara el espejo en el baño de damas.

—Ve e interrumpe a pa.

—¿Qué? —me dice.

—Que lo interrumpas a pa.

—¿Para qué debería hacer eso? —pregunta.

—Y se supone que eres el que tiene cerebro —le digo—. Pedazo de mierda.

Cruzo la pista y golpeo suavemente la espalda de Sarah Combs. Le golpeo una costilla. Se da vuelta, su amplia y ostensible faja brillando a la luz que se derrama desde el globo que hay sobre nuestras cabezas.

—Disculpe —digo, como si fuera a preguntarle la hora.

—Je, je —dice, mirándome desde arriba. Tiene el globo de los ojos rajados, como la tetera de nuestro aparador.

—Quiero bailar con papi.

Ante la palabra «papi», su rostro cambia y suelta a mi padre. Asumo el control.

Ahora, el hombre del escenario está soplando su trompeta. Mi padre me agarra fuerte de la mano, como si quisiera lastimarme. Puedo ver a mi madre en el banco, buscando un pañuelo en la cartera. Luego va al baño. En pa se percibe una sensación como de odio. Tengo la sensación de que está indefenso, pero no me importa. Por primera vez en toda mi vida, tengo algo de poder. Puedo entrometerme y hacerme cargo, rescatar y ser rescatada.

Hacia medianoche hay un alboroto generalizado. Todo el mundo está en la pista, las rodillas dobladas, los bolsos balanceándose. Nerves Moran cuenta de atrás para adelante los segundos que faltan para el Año Nuevo, y entonces hay besos y abrazos. Hombres a quienes no conozco me aprietan, me besan como si tuvieran sed y yo fuera el agua.

Mis padres no se besan. En toda mi vida, desde que tengo uso de razón, nunca los he visto tocarse. Una vez llevé a una amiga arriba para mostrarle la casa.

—Este es el cuarto de mami —le dije—, y este es el de papi.

—¿Tus padres no duermen en el mismo cuarto? —preguntó ella con una voz muy asombrada.

La banda retoma el ritmo. «¡Oh hokey, hokey, pokey!».

—¡Desháganse de los platos de pavo, sacúdanse los budines de ciruela! —grita

Nerves Moran, e inclusive los fanfarrones de salón abandonan sus figuras de ocho pasos y bailan twist y se mueven y yo golpeo mi trasero contra el trasero del tipo de la feria y termino bailando con un extraño. Todo el mundo se incorpora para el himno nacional. Papi se está secando la frente con un pañuelo y Seamus jadea porque no está acostumbrado al ejercicio. Se encienden más luces y nada sigue igual. La gente está colorada y sudorosa; todo vuelve a la normalidad. El rematador se apodera del micrófono y le agradece a un montón de gente y luego remata un ternero Charolais y un chivo y un lote de té y azúcar y panecillos y jamón, budín de ciruelas y empanadillas. Donde estuvo el chivo hay bosta, y me pregunto quién la limpiará. Hasta que no limpian todo, la rifa no comienza. El rematador le entrega la caja de cartón con los talones de los números a la rubia.

—Bien profundo —le dice—. Sin espiar. Primer premio: una botella de whiskey.

Ella se toma su tiempo, aceptando con entusiasmo la atención.

—Vamos —dice el rematador—. Bien, muchacha, no es la lotería.

Ella le entrega un número.

—Es un (¿de qué color dirías que es, Jimmy?)… Es un número color salmón, número setecientos veinticinco. Siete dos cinco. Número de serie 3X429H. Te lo diré de nuevo.

No es el mío, pero estoy cerca. De todos modos, no quiero el whiskey; lo guardarían para los corderos. Preferiría la caja de galletitas Afternoon Tea, que viene inmediatamente después. Hay un desorden general, una búsqueda en carteras, bolsillos traseros. El rematador repite los números, y parece que tendrá que sacar otro número, cuando mami se levanta de su asiento. Con la cabeza en alto, camina en línea recta a través de la pista. La multitud se abre, la gente se hace a un lado para dejarle paso. Sus nuevos zapatos de taco alto hacen clac-clac sobre el piso resbaladizo, y su falda roja destella. Nunca la he visto hacer eso. Por lo general, es demasiado tímida, me da los números y yo corro a buscar el premio.

—¿No quiere una gota de alcohol, señora? —pregunta Nerves Moran, leyendo el número de mami—. ¿Está segura de que no la mantendrá calentita en una noche como la de hoy? Ninguna mujer necesita a hombre alguno con una gota de Powers.

¿No es así? Siete veinticinco, es este.

Mi madre está allí parada, con su ropa elegante, y la cosa no cierra. No pertenece a ese lugar.

—Veamos ahora los números de serie —dice Nerves Moran, saliéndose con esa—. Lo siento, señora, el número de serie no es el correcto. Tal vez su marido la mantenga calentita esta noche. Vuelva con aquel en quien se puede fiar.

Mi madre se vuelve y camina clac-clac desandando el camino sobre el piso resbaladizo, con todo el mundo sabiendo que ella creyó que había ganado, cuando no había ganado. Y de repente, ya no camina, sino que corre, corre en la luz brillante y blanca, más allá del guardarropas, en dirección a la puerta, con el cabello violentamente suelto, como si detrás de ella tuviera una cola de caballo.

Afuera, en el estacionamiento, la nieve se acumuló sobre el pasto helado, los almácigos protegidos de hojas perennes, pero el pavimento está húmedo y brilla bajo los focos delanteros de los autos que se van. La luna brilla pesada y firme sobre la tierra. Mami, Seamus y yo nos sentamos en el coche, temblando, esperando a pa. No podemos encender el motor para calentar el auto porque pa tiene las llaves. Tengo los pies fríos como piedras. Una nube de vapor grasiento se alza desde la ventanilla posterior de la camioneta de las papas fritas, con una salchicha marrón y gorda pintada sobre el metal cromado. Alrededor, la gente se está yendo, saludando, diciéndose «¡Buenas noches!» y «¡Feliz Año Nuevo!». Recogen sus papas fritas y se van.

La camioneta de las papas fritas ya ha cerrado y el estacionamiento está vacío cuando sale papi. Se sienta al asiento del volante, enciende el motor, murmura y nos ponemos en movimiento, trepando la colina que está afuera del pueblo, zigzagueando por los caminos estrechos en dirección a nuestra casa.

—La banda no era mala —dice pa.

Mami no dice nada.

—Digo que era una banda bastante animada —dice más fuerte esta vez. Mami sigue sin decir nada.

Mi padre comienza a cantar. Siempre que está enojado, canta, simula estar de buen humor cuando está furioso. Ahora, las luces del pueblo quedaron atrás. Estos caminos son oscuros. Pasamos delante de casas con velas prendidas en las ventanas, lamparitas que brillan intermitentemente en los arbolitos de Navidad, hojas de diario sujetas sobre los parabrisas de los coches estacionados. Pa deja de silbar antes de terminar la canción.

—¿Viste algo bonito en el salón, Seamus?

—Nada para volverse loco.

—Esa rubia estaba buena.

Pienso en la feria, todos los hombres en las barandas, ofertando por terneras y ovejas hembras. Pienso en Sarah Combs y en cómo siempre huele a hierba cuando vamos a su casa.

Las ramas del nogal al fondo de nuestra senda están duras de nieve. Pa detiene el auto, y nos vamos un poco para atrás hasta que pone el pie en el freno. Espera que mami baje a abrir los portones.

Mami no se mueve.

—¿Te lastimaste algo? —pregunta pa.

Ella mira hacia delante.

—¿La puerta está trabada o qué? —pregunta pa.

—Ábrela tú.

Él se estira y le abre la puerta, pero ella la cierra de un portazo.

—¡Sal y abre ese portón! —me ladra.

Algo me dice que no me moveré.

—¡Seamus! —grita—. ¡Seamus!

Ninguno de nosotros hace el menor movimiento.

—¡Cristoooo! —dice.

Tengo miedo. Afuera, uno de los bordes de mi cartel «POR ACÁ SANTA» se soltó y el cartón mojado ondea al viento. Pa se vuelve hacia mi madre y le dice con voz venenosa:

—Y tú caminando, haciéndote la fina, delante de todos los vecinos, creyendo que te habías ganado el primer premio de la rifa —y riéndose, abre su puerta—. Corriendo como una gitana para salir del salón.

Sale y en su modo de caminar hay rabia, como si caminase sobre carbón ardiente. Canta «Far Away in Australia». Llega, saca el cable del portón en el momento en que una ráfaga de viento le vuela el sombrero. Los portones se abren. Se agacha para recoger el sombrero, pero el viento lo pone fuera de su alcance. Vuelve a dar unos pocos pasos y se agacha nuevamente, pero otra vez el sombrero queda fuera de su alcance. Pienso en Santa Claus, usando el mismo papel de envolver que nosotros y, de pronto, entiendo. Hay, obviamente, una única explicación.

Mi padre se hace cada vez más pequeño. Parece como si los árboles se movieran, el nogal, cuyas verdes ramas nos protegen en el verano, está retrocediendo. Entonces me doy cuenta de que es el auto. Somos nosotros. Estamos andando, deslizándonos hacia atrás sin el freno de mano, y no estoy afuera para poner la piedra detrás de la rueda. Y es entonces cuando mami toma el volante. Se desliza hasta el asiento de mi padre y pone el pie en el freno. Dejamos de ir para atrás. Acelera y pone el cambio, haciendo chirriar la caja de cambios; no apretó el embrague, pero entonces hay una crepitación y estamos en movimiento. Mami nos está llevando más allá de donde está el cartel de Santa, más allá de donde está mi padre, que ha dejado de cantar, y cruzamos los portones abiertos. Nos lleva a través de la nieve fresca. Puedo oler los pinos. Cuando me vuelvo, mi padre está allí, observando nuestras luces traseras. La nieve cae sobre él, sobre su cabeza calva, mientras se queda ahí, sujetando con fuerza el sombrero.


domingo, 8 de marzo de 2020

ELLA SOLO SALE DE NOCHE (William Tenn)


En esta parte del país, la gente piensa que Doc Judd lleva magia en su cartera de cuero negro. Es así de bueno.

Desde que perdí la pierna en el aserradero, he sido de utilidad en el lugar de trabajo de Judd. Por ejemplo, cuando Doc recibe una llamada nocturna después de un día realmente duro, cuando está demasiado cansado para conducir, en fin, creo que se entiende. Con la pierna de plástico que Doc me consiguió con un descuento puedo estampar el pedal del acelerador sin problemas.

Mientras Doc entra a una granja para entregarle una medicina a una abuela, o a un bebé, me siento en el auto y los escucho hablar sobre lo inteligente que es el viejo Doc. En el condado de Groppa le dirán que Doc Judd puede manejar cualquier asunto; y no le mentirán. No obstante, a veces me pregunto qué pensarían de la forma en que Doc manejó el asunto de su único hijo, quien se enamoró de una vampira.

Fue un verano terriblemente caluroso cuando Steve regresó a casa de vacaciones, con un clima realmente abrasador. Quería llevar a su padre y ayudarlo con los quehaceres, pero Doc dijo que después del primer año de medicina cualquiera merecía unas vacaciones.

—El verano es un momento bastante tranquilo —le dijo—. Nada más que hiedra venenosa y cosas así hasta que lleguemos a la temporada de polio en agosto. Además, no querrás expulsar al viejo Tom de su trabajo, ¿verdad? No, Stevie, simplemente quiero que disfrutes tu tiempo libre.

Steve asintió y se fue. Y quiero decir, despegó. Aproximadamente una semana después, comenzó a llegar a casa a las cinco o seis de la mañana. Dormiría hasta las tres de la tarde, holgazaneando durante un par de horas y, a las ocho y media, comenzaría la rutina otra vez. Cosas de muchachos, ya saben, quizás alguna muchacha.

A Doc no le gustó, pero había criado al niño con una mano agradable, y no dijo nada. Pero el viejo Tom Buttinsky, yo, era diferente. Había ayudado a criar al niño desde que murió su madre, y no veía mal una reprimenda de vez en cuando. Así que hablé con él, pidiéndole que no fuera demasiado lejos en sus incursiones nocturnas. Podría haber estado hablando con una piedra por toda la atención que me dispensó. No es que Steve fuera grosero. Su mente estaba en otra parte.

Y luego comenzaron las otras cosas, cosas extrañas realmente, y Doc y yo nos olvidamos de Steve. Una especie de epidemia se esparció por los niños del condado de Groppa. Veinte o treinta pacientes al mismo tiempo, aproximadamente.

—Casi me ha vencido, Tom —Doc confía en mí cuando recorremos las carreteras sucias del campo—. Actúa como una fiebre común, sin embargo, el aumento de la temperatura apenas se nota. Los niños se debilitan mucho y su recuento sanguíneo disminuye. Y se mantiene así, sin importar lo que haga. Lo bueno es que no parece ser fatal, por ahora.

Cada vez que hablaba de eso, sentía una punzada donde mi muñón se unía a la pata de plástico. Me sentí tan incómodo que intenté cambiar de tema, pero eso no era posible con el Doc. Se había acostumbrado a pensar en sus problemas hablando conmigo, y esta epidemia le pesaba bastante.

Había escrito a un par de universidades para pedir consejo, pero no parecían ser de mucha ayuda. Y todo el tiempo, los padres de los niños esperaban que él sacara un milagro envuelto en celofán de su pequeña bolsa negra, porque, como dijeron en el condado de Groppa, no había nada que pudiera salir mal con un cuerpo humano que Doc Judd no pudiese encargarse de una forma u otra. Pero los niños se debilitaban cada vez más.

Lo vi llorar, a Doc, al sentarse de noche revisando los últimos libros y revistas médicas que había ordenado en la ciudad. Por lo que pude ver, no encontró nada sobre el asunto. Así de grave era la cosa.

Y luego trajo a casa el pañuelo. Tan pronto como lo vi, mi muñón dio una punzada buena, dura. Era un pañuelo pequeño y elegante, todo de lino bordado y bordes de encaje.

—¿Qué piensas, Tom? Encontré esto en el piso de la habitación de los niños de los Stopes. Ni Betty ni Willy tienen idea de dónde vino. Por un momento, pensé que podría tener una forma de localizar la fuente de infección, pero esos niños no mentirían. Si dicen que nunca lo vieron antes, entonces es así —Dejó caer el pañuelo sobre la mesa de la cocina que estaba limpiando y se quedó allí suspirando—. La anemia de Betty comienza a verse seria.

Salió al estudio, con los hombros doblados como si estuvieran bajo un montón de cemento.

Todavía miraba fijamente el pañuelo, masticando una uña, cuando Steve apareció. Se sirvió una taza de café, la dejó caer sobre la mesa y vio el pañuelo.

—Hola —dijo—. Eso es de Tatiana. ¿Cómo llegó aquí?

Me tragué lo que quedaba de la uña y me senté con mucho cuidado frente a él.

—Steve —dije, y luego me detuve para masajear mi muñón dolorido—. Stevie, ¿conoces a una chica que posee ese pañuelo? ¿Una chica llamada Tatiana?

—Claro. Tatiana Latianu. Mira, allí están sus iniciales bordadas en la esquina: T.L. Ella es descendiente de la nobleza rumana; la familia se remonta a unos quinientos años. Me voy a casar con ella.

—¿Ella es la chica que has estado viendo todas las noches durante el último mes?

Él asintió.

—Ella solo sale de noche. Odia el resplandor del sol. Ya sabes, es una chica poética, romántica. Y Tom, es tan hermosa...

Durante la siguiente hora me quedé sentado y lo escuché. Y me sentía cada vez más enfermo. Porque yo también soy rumano, por del lado de mi madre. Y sabía por qué había estado recibiendo esas punzadas en mi muñón.

Ella vivía en el municipio de Brasket, a unas doce millas de distancia. Tom se había encontrado con ella una noche cuando su convertible se había averiado. Él la había llevado hasta su casa. Acababa de alquilar la antigua mansión Mead. El muchacho se había enamorado de ella, con anzuelo, hilo y toda la maldita caña de pescar.

Muchas veces, cuando él llegaba para una cita, ella estaba fuera, conduciendo por el campo en el aire fresco de la noche, y él tenía que esperarla jugando cribbage con su criada, una vieja rumana con cara de pájaro. Una o dos veces había tratado de ir tras ella en su coche de carreras, pero eso le había causado problemas. Cuando ella quería estar sola, era mejor no molestarla. Y eso fue todo realmente: la esperaba noche tras noche. Pero cuando regresaba, según Steve, ella sabía compensarlo. Escuchaban música, hablaban, bailaban y comían extraños platos rumanos que la criada preparaba. Se quedaba allí hasta el amanecer. Luego volvía a casa.

Steve puso su mano sobre mi brazo.

—Tom, ¿conoces ese poema sobre el búho y el gatito? Siempre pensé que la última línea era hermosa. Bailaron a la luz de la luna, la luna, bailaron a la luz de la luna. Así será mi vida con Tatiana. Al menos eso espero. Todavía tengo problemas para convencerla.

Solté un largo suspiro.

—¿De verdad, Stevie? ¿Casarse con una chica así…

Cuando vi sus ojos me interrumpí. Pero fue demasiado tarde.

—¿Una chica así? ¿Qué demonios quieres decir, Tom? Ni siquiera la has conocido.

Traté de salir del tema, pero Steve no me dejó. Estaba realmente dolorido. Entonces pensé que lo mejor era decirle la verdad.

—Stevie escucha. No te rías. Tu novia es un vampiro.

Abrió la boca lentamente.

—Tom, estás fuera de tus cabales.

—No, no lo estoy.

Y le conté sobre los vampiros. Le conté lo que había escuchado de mi madre, allá en mi tierra, Transilvania, cuando tenía veinte años. Cómo pueden vivir y tener todo tipo de poderes extraños, siempre y cuando tengan un festín de sangre humana de vez en cuando. Cómo se hereda la contaminación del vampiro, generalmente solo un niño de la familia lo contrae. Y cómo salen solo de noche, porque la luz del sol es una de las cosas que puede destruirlos.

Steve se puso pálido en este punto. Pero seguí. Le conté sobre la misteriosa epidemia que había afectado a los niños del condado de Groppa y que los volvió anémicos. Le conté que su padre encontró el pañuelo en la casa de los Stopes, cerca de dos de los niños más enfermos. Se lo dije, pero de repente estaba hablando conmigo mismo. Steve salió de la cocina. Un segundo o dos más tarde, se retiró en su coche carreras.

Regresó alrededor de las once y media, tan desgastado físicamente como su padre. Tenía razón, de acuerdo. Cuando despertó a Tatiana y le preguntó directamente, ella se derrumbó y lloró un par de cubos llenos. Sí, ella era un vampiro, pero solo había cedido a la sed hace un par de meses. Había luchado hasta que su mente comenzó a resquebrajarse. Entonces descubrió que podía hacerse invisible, y así había atacado a los niños. Tenía miedo de los adultos: podrían despertarse y atraparla, creía. De hecho, había atacado a varios niños a la vez, para que ninguno perdiera demasiada sangre. Solo que el deseo se había vuelto más fuerte…

Aun así, Steve le había pedido que se casara con él.

—Debe haber una forma de curarla —dijo—. Es una enfermedad como cualquier otra.

Pero ella, y le agradecí a Dios por eso, había dicho que no. Lo empujó y lo obligó a irse.

—¿Donde esta papá? —preguntó Stevie—. Él podría saber cómo curarla.

Le dije que su padre debía haberse ido al mismo tiempo que él y que aún no había regresado. Entonces los dos nos sentamos y meditamos sobre el tema.

Cuando sonó el teléfono, ambos casi nos caímos del sillón. Steve respondió y lo escuché gritar por la boquilla. Corrió hacia la cocina, me agarró del brazo y me arrastró hasta su coche.

—Era la criada de Tatiana, Magda —me dijo mientras salíamos a toda velocidad por la carretera—. Ella dice que Tatiana se puso histérica después de que me fui, y hace unos minutos se fue en su descapotable. No dijo a dónde iba. Magda dice que cree que Tatiana va a suicidarse.

—¿Suicidio? Pero si ella es un vampiro, ¿cómo diablos… —Y de repente supe exactamente cómo. Miré mi reloj—. Stevie, conduce a Crispin Junction. ¡Y conduce como el demonio!

Y lo hizo. En un momento pensé que el motor iba a explotar, literalmente. Recuerdo que las curvas apenas tocando la carretera con el borde de un neumático.

Vimos el convertible tan pronto como entramos en Crispin Junction. Estaba estacionado al costado de una de las tres carreteras que cruzan la ciudad. Había una figura diminuta, envuelta en un endeble camisón, de pie en medio de la calle desierta. Sentí que el muñón de mi pierna estaba siendo golpeado con un martillo.

El reloj de la iglesia comenzó a tocar la medianoche justo cuando la alcanzamos. Steve saltó y le arrancó una afilada estaca de las manos. La tomó en sus brazos y la dejó llorar.

Me sentía bastante mal en este punto. Porque todo lo que había estado pensando era en cómo Steve estaba enamorado de un vampiro. No lo había mirado desde su perspectiva. Había estado lo suficientemente enamorada de él como para tratar de suicidarse de la única forma en que un vampiro podía ser asesinado: atravesando su corazón en una encrucijada, a la medianoche.

Y ella era una criatura pequeña y bonita. Me había imaginado a una de estas damas fantásticas; ya sabes, alta, antigua, con un vestido ajustado. Una bruja. Pero se trataba de una joven muy asustada y muy molesta que se subió al auto y se acurrucó en el brazo libre de Steve. Incluso me di cuenta que era más joven que él.

Entonces, mientras regresábamos, pensaba para mí mismo que estos dos niños estaban en serios problemas. Ya es bastante malo enamorarse de un vampiro, pero también ser un vampiro enamorado de un ser humano normal.

—¿Pero cómo puedo casarme contigo? —gimió Tatiana—. ¿Qué tipo de vida hogareña tendríamos? Y Steve, ¡una noche podría tener suficiente hambre como para atacarte!

La única cosa con la que ninguno de nosotros contó fue Doc.

Una vez que le presentaron a Tatiana y escuchó su historia, sus hombros se enderezaron y las luces volvieron a encenderse en sus ojos. Los niños enfermos estarían bien ahora. Eso fue lo más importante. Y en cuanto a Tatiana...

—Tonterías —le dijo—. El vampirismo podría haber sido una enfermedad incurable en el siglo XV, pero estoy seguro que se puede manejar en el siglo XX. Primero, esta vida nocturna apunta a una posible alergia a la luz solar y quizás a un toque de fotofobia. Gafas, por el momento, mi niña, y veremos qué hacemos con las inyecciones de hormonas. La necesidad de consumir sangre, sin embargo, presenta un problema algo mayor.

Pero lo resolvió.

Producen sangre en forma deshidratada y cristalina en estos días. Entonces, todas las noches, antes de que la señora de Steven Judd se vaya a dormir, echa un polvo preparado en un vaso alto de agua, deja caer uno o dos cubitos de hielo, revuelve, y tiene su dosis diaria de sangre. Que yo sepa, ella y su esposo viven felices.


sábado, 7 de marzo de 2020

UN CUERPO DE MUJER (Ryūnosuke Akutagawa)


Una noche de verano un chino llamado Yang despertó de pronto a causa del insoportable calor. Tumbado boca abajo, la cabeza entre las manos, se había entregado a hilvanar fogosas fantasías cuando se percató de que había una pulga avanzando por el borde de la cama. En la penumbra de la habitación la vio arrastrar su diminuto lomo fulgurando como polvo de plata rumbo al hombro de su mujer que dormía a su lado. Desnuda, yacía profundamente dormida, y oyó que respiraba dulcemente, la cabeza y el cuerpo volteados hacia su lado.

Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó sobre la realidad de aquellas criaturas. Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama. «Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga…».

Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro.

En el camino se alzaba una encumbrada montaña cuya forma más o menos redondeada aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base, el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como una nieve azulada bajo la luz de la luna.

Los ojos abiertos de par en par, Yang fijó la mirada atónita en aquella montaña de inusitada belleza. Pero cuál no sería su asombro al comprobar que la montaña era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el deseo carnal, Yang contempló aquel pecho enorme que parecía una montaña de marfil. En el colmo de la admiración permaneció un largo rato petrificado y como aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al acre olor a sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza aparente de su mujer. Tampoco se puede limitar un hombre de temperamento artístico a la belleza aparente de una mujer y contemplarla azorado como hizo la pulga.


jueves, 5 de marzo de 2020

MISERERE (Javier Serrano Sánchez)


La anciana de las dos bolsas buscaba un taxi en la parada. Lo hacía de un modo torpe, como si no pensara en lo que estaba haciendo. Habló con varios taxistas que le indicaron que debía coger el primero de la fila. Entró con cierta dificultad en el coche. Saludó.

-Quiero ir a Arganda –dijo la anciana de las dos bolsas, con una voz apenas perceptible.

El taxista, un hombre que frisaba la cuarentena, se fijó en la mujer, a través del espejo. Su piel era apergaminada y muy pálida, su cuerpo extremadamente delgado y de aspecto quebradizo. Por lo demás, se trataba de una buena carrera, el único inconveniente era que no conocía bien Arganda.

-¿A qué calle va? –preguntó, dispuesto a buscar en su libro-guía.

-No se preocupe, ya le indicaré yo –aseguró la mujer, con un hilo de voz.

El del taxi giró la llave de contacto, arrancó el vehículo y emprendió el itinerario trazado en su mente. En Radio Clásica estaban programando un especial de Gregorio Allegri y en aquel preciso instante sonaba su enigmático Miserere, en una versión a nueve voces y con ornamentaciones barrocas. Aquella música -poco habitual en los taxis de la ciudad-, la luz del sol que entraba por el lado izquierdo del coche y una ligera y repentina brisa que se colaba por la ventanilla hacían menos ingrato el trabajo de aquel hombre. La anciana, sin soltar ninguna de sus dos bolsas, parecía haber enmudecido. El taxista la miraba de vez en cuando, a través de sus gafas de sol y del retrovisor. Le pareció una mujer cansada o, tal vez, una mujer que había sufrido mucho. Quizás ambas cosas. La presentadora de la radio informó, con una voz neutra despojada de todo sentimiento, que aquel Miserere había sido durante mucho tiempo propiedad, en exclusiva, del Papado. Mandaba la tradición que se escuchara una sola vez al año en el interior de una capilla en la que se iban apagando uno tras otro los cirios; mientras, el Papa y los cardenales se iban poniendo de rodillas.

El trayecto continuó por la M-30 y luego por la carretera de Valencia, en medio de una polifonía de voces en latín que parecía hacer levitar al taxi y a sus ocupantes. Veintidós kilómetros y un cambio de tarifa después, el taxista vio el primer indicativo de Arganda: “Salida 22. Arganda del Rey. Polígonos Industriales”.

-¿Por esta salida? –preguntó.

La anciana de las dos bolsas salió de su letargo. Durante unos instantes, dudó.

-No lo sé –contestó con voz lejana.

En ese momento, el taxista, que llevaba más de una década conduciendo, comprendió que tenía un problema con la mujer. A falta de más tiempo para decidir optó por tomar esa salida 22. Tras varias curvas, fueron a desembocar en una recta, con vías de servicio, que atravesaba una zona de polígonos industriales.

-¿Le suena algo de esto? –volvió a preguntar el taxista, esta vez ligeramente nervioso.

-No, por aquí no es.

-¿Por dónde es entonces?

-Otras veces he venido en el autobús y vine muy bien.

“Pues coño, haber tomado el autobús”, pensó el hombre, cuya intuición de taxista le decía que no cobraría jamás aquella carrera.

-¿A qué calle vamos, exactamente?

-Vamos a un cementerio. Ya he venido otras veces. En autobús.

-Ya. Pero -el taxista estaba visiblemente enojado ahora-, ¿sabe en qué calle está?

La anciana, aferrada a sus dos bolsas, negó con la cabeza y luego bajó su mirada. Hubo un momento de silencio durante el cual los ojos del hombre se dirigieron, alternativamente, de la carretera a la mujer. Se fijó de nuevo en ella, en su aspecto desarrapado, en su rostro otoñal. Ahora le parecía, si cabe, más vulnerable. Se compadeció.

-En ese caso, continuo de frente.

-Es un cementerio de animales –añadió la anciana de las dos bolsas.

Aquella información nueva era un punto de inflexión en el problema. Un cementerio de animales es una referencia precisa.

-Oiga, perdone –preguntó el conductor en cuanto tuvo oportunidad de cruzarse con un peatón-, ¿un cementerio de animales?

El peatón resultó ser extranjero y no conocer muy bien la localidad, situación ésta que se repetiría con otros peatones. Algunos incluso confundían la derecha con la izquierda.

-Vengo a enterrar a mi gato –continuó la anciana.

Al escuchar esto, el taxista sintió un escalofrío recorriéndole la espina dorsal, y su imaginación se disparó. Imaginó un gato de color impreciso, escuálido, casi tanto como la mujer, la mandíbula entreabierta mostrando un poco los dientes, la mirada fatalmente perdida y el cuerpo entero salpicado de bichos que pululaban nerviosos. La escena tenía lugar dentro de una de las dos bolsas que portaba la anciana. El taxista no pudo disimular una mueca de asco que se dibujó en su boca.

-¿Le suena esta calle? –volvió a preguntar.

-No, por aquí no es. Las otras veces he venido en autobús. Menuda vuelta que está dando usted –respondió la anciana, amarrada a sus dos bolsas y al razonamiento del autobús.

La ira volvió a instalarse en el rostro del taxista y ya ni siquiera Allegri conseguía apaciguarlo. Volvió a preguntar y alguien, tras meditar durante unos segundos en los que no paró de rascarse la cabeza, le informó que debía atravesar toda Arganda.

-Vengo a enterrar a mi gato –decía la mujer de las bolsas, hablando para sí misma-. Toda la vida juntos y ahora…

Su discurso, repetitivo e inconexo, se difuminaba para luego reaparecer.

-… el cementerio se llama El Último Parque –añadió.

El Último Parque. Un nombre muy evocador, pensó el del taxi mientras bajaba el volumen de la radio por si decía algo más. Tampoco podía fiarse demasiado, tal vez sólo fuera un nombre inventado por ella.

-Perdone, ¿El Último Parque? –preguntó a varias personas más, pero nadie conocía aquel lugar-. ¿Un cementerio de animales?

Atravesaron Arganda entera. Entre tanto, las misas, los motetes, las Lamentaciones… se seguían sucediendo en la emisora. Hubo hasta un Himno de Vísperas, aunque el hombre lo que escuchó, sin prestar demasiada atención, fue algo relativo a vísceras. Su cabeza se disparó de nuevo. Sopranos, contraltos, tenores, barítonos… cantando alrededor del cuerpo ya descompuesto del gato.



Por fin, arribaron a un pinar. Una mujer que corría les indicó que continuaran hacia adelante, por la pista forestal, después a la izquierda y el segundo camino a la derecha.

-Por aquí no es –replicó, obstinada, la de las dos bolsas.

Y de repente allí estaba. La mujer que corría no se había equivocado. “El Último Parque”, rezaba un cartel situado a la entrada de aquel recinto casi mítico ya. La puerta de hierro estaba cerrada.

-Qué raro… –apuntó la anciana- El hombre me dijo que lo encontraría abierto.

El taxista tocó el claxon. Un hombre vestido con un mono apareció y abrió la puerta.

-¿Qué hago? ¿Le pago ya o me espera? –preguntó la anciana.

El taxista dudó.

-Yo no tardo nada -interrumpió el empleado del cementerio, un hombre afable-. Diez minutos.

Poco había de perder ya, debió de pensar el conductor, pues optó por esperarla, preguntándose si, en el peor de los casos, sería la Guardia Civil la autoridad competente a la que dirigirse. La mujer salió del coche con ambas bolsas, ante la mirada atenta del taxista. Una de ellas parecía más pesada y tenía varias puntadas de hilo en la parte superior. ¡Cómo si el pobre animal fuese a escapar! Anciana y empleado desaparecieron en el interior del camposanto. Entre tanto, mientras el taxímetro continuaba con su avance inexorable, el conductor se dejó llevar por la curiosidad y entró también en el recinto. Un paseo no le iría mal para reactivar la circulación de la sangre.

El cementerio estaba situado en lo alto de una pequeña loma y los pinos ocupaban el lugar de los cipreses. Eran pinos altos que tamizaban la luz solar y que se erguían entre lápidas que parecían alfombras blancas. En el punto más elevado, una estatua de Francisco de Asís convocaba con su gesto a todas las criaturas. Tras ella había una especie de pequeño puente japonés, cruzando lo que en otro tiempo debía de haber sido un riachuelo. Por todas partes aparecían tumbas pequeñas, sin alinear, con fotos de perros, sobre todo; como la de aquel héroe, Gar-Goris, el pastor alemán encaramado en lo más alto de un panteón y que había defendido a su dueño en un atraco para morir después por las heridas recibidas. Tampoco faltaban sepulcros donde yacían gatos, tortugas, conejos… Junto a las fotos desgastadas podían leerse inscripciones que pretendían ser poéticas: “Amanda, la más dulce y ladrona” o aquella otra referida a una iguana, “Para Vecky, que siempre supo escuchar”. En otros casos, las frases cariñosas de algunas sepulturas contradecían el estado lamentable en que se hallaban, como aquella con la estatua en alabastro de un mono al que habían partido un brazo. “Jerónimo. Que creyó ser un niño”. No había un epitafio más original en todo el cementerio, tampoco una tumba más desprovista de flores.

El olor a pino, la indiferencia de la piedra, el silencio sepulcral… hacían que el recinto irradiara tranquilidad, provocando que el taxista se relajara por primera vez en toda la mañana. Vio a la anciana a lo lejos, más allá de la zona de columbarios, junto al enterrador, y tuvo la certeza de que no era el primer gato que traía. Continuó su paseo y descubrió que las flores le producían tristeza. No acertaba a comprender que el afecto pudiera ir destinado a un animal en lugar de a una persona. A su juicio, quienes visitaban el camposanto debían de ser como aquella pobre mujer a la que no le quedaba mucho; seres solitarios, de vidas vacías, que contemplaban con melancolía cómo un sepulturero afable hacía un hueco entre la tierra.

Cuando el empleado hubo terminado su trabajo, dejó sola a la anciana, por si quería rezar alguna oración o decir un último adiós. Se acercó hasta el taxista.

-¿Tiene usted animales? –preguntó, con la pala todavía caliente sobre su hombro.

-No, que luego se mueren y da pena.

-¿Y familia? –volvió a preguntar el enterrador, ávido sin duda de conversación, ofreciendo un pitillo.

-Tampoco. Pero, bueno… siempre hay tiempo –respondió el taxista, rechazando con su cabeza la invitación a fumar.

Continuaron hablando y luego el empleado le explicó cómo regresar hacia Madrid. También le dio un folleto. “Sus mascotas son parte de su familia. Su vida no tiene precio, su descanso muy poco”. El tríptico contenía información práctica sobre el “El Último Parque”. Había varios tipos de fosas: tierra, obra y preferente, e incluso se podía hacer una reserva de fosa “para cuando llegue el momento”. Se ofrecían también servicios de recogida para incineración colectiva de animales de compañía.

La anciana regresó, esta vez con una única bolsa. Parecía aliviada cuando entró en el coche. Se despidieron del empleado y, segundos después, el vehículo ya avanzaba por el sendero que había indicado el hombre. Al cabo de un rato, “El Último Parque” no era más que un diminuto punto blanco entre un pinar. Después, cuando entraron en Arganda, sólo un recuerdo.

-Creo que me voy a quedar por aquí –dijo la anciana de la bolsa-. Voy a hacer una visita a unos conocidos y luego cogeré el autobús. ¿Cuánto es?

-Cincuenta y cuatro con treinta –respondió el taxista, parando con su dedo el taxímetro. Al ver que la mujer tenía dinero, esbozó una sonrisa.

La anciana abandonó el coche y su silueta frágil desapareció entre las calles. El taxista subió el volumen de la radio y bajó los cristales de las ventanillas traseras. Sonaba ahora una nueva versión del Miserere de Allegri, esta vez sin ornamentación. Arganda quedó atrás. La luz del sol se colaba por el lado derecho. Cuando la pieza estuvo concluida, la presentadora de voz neutra informó que había sido Mozart quien, tras escuchar el Miserere y gracias a su memoria prodigiosa, había conseguido transcribir la partitura sobre un papel. El secreto, tan celosamente guardado durante más de un siglo, había quedado hecho trizas. Mozart tenía tan sólo catorce años.


miércoles, 4 de marzo de 2020

LA MUÑECA REINA (Carlos Fuentes)


I

Vine porque aquella tarjeta, tan curiosa, me hizo recordar su existencia. La encontré en un libro olvidado cuyas páginas habían reproducido un espectro de la caligrafía infantil. Estaba acomodando, después de mucho tiempo de no hacerlo, mis libros. Iba de sorpresa en sorpresa, pues algunos, colocados en las estanterías más altas, no fueron leídos durante mucho tiempo. Tanto, que el filo de las hojas se había granulado, de manera que sobre mis palmas abiertas cayó una mezcla de polvo de oro y escama grisácea, evocadora del barniz que cubre ciertos cuerpos entrevistos primero en los sueños y después en la decepcionante realidad de la primera función de ballet a la que somos conducidos. Era un libro de mi infancia -acaso de la de muchos niños- y relataba una serie de historias ejemplares más o menos truculentas que poseían la virtud de arrojarnos sobre las rodillas de nuestros mayores para preguntarles, una y otra vez, ¿por qué? Los hijos que son desagradecidos con sus padres, las mozas que son raptadas por caballerangos y regresan avergonzadas a la casa, así como las que de buen grado abandonan el hogar, los viejos que a cambio de una hipoteca vencida exigen la mano de la muchacha más dulce y adolorida de la familia amenazada, ¿por qué? No recuerdo las respuestas. Sólo sé que de entre las páginas manchadas cayó, revoloteando, una tarjeta blanca con la letra atroz de Amilamia: Amilamia no olbida a su amigito y me buscas aquí como te lo divujo.

Y detrás estaba ese plano de un sendero que partía de la X que debía indicar, sin duda, la banca del parque donde yo, adolescente rebelde a la educación prescrita y tediosa, me olvidaba de los horarios de clase y pasaba varias horas leyendo libros que, si no fueron escritos por mí, me lo parecían: ¿cómo iba a dudar que sólo de mi imaginación podían surgir todos esos corsarios, todos esos correos del zar, todos esos muchachos, un poco más jóvenes que yo, que bogaban el día entero sobre una barcaza a lo largo de los grandes ríos americanos? Prendido al brazo de la banca como a un arzón milagroso, al principio no escuché los pasos ligeros que, después de correr sobre la grava del jardín, se detenían a mis espaldas. Era Amilamia y no supe cuánto tiempo me habría acompañado en silencio si su espíritu travieso, cierta tarde, no hubiese optado por hacerme cosquillas en la oreja con los vilanos de un amargón que la niña soplaba hacia mí con los labios hinchados y el ceño fruncido.

Preguntó mi nombre y después de considerarlo con el rostro muy serio, me dijo el suyo con una sonrisa, si no cándida, tampoco demasiado ensayada. Pronto me di cuenta que Amilamia había encontrado, por así decirlo, un punto intermedio de expresión entre la ingenuidad de sus años y las formas de mímica adulta que los niños bien educados deben conocer, sobre todo para los momentos solemnes de la presentación y la despedida. La gravedad de Amilamia, más bien, era un don de su naturaleza, al grado de que sus momentos de espontaneidad, en contraste, parecían aprendidos. Quiero recordarla, una tarde y otra, en una sucesión de imágenes fijas que acaban por sumar a Amilamia entera. Y no deja de sorprenderme que no pueda pensar en ella como realmente fue, o como en verdad se movía, ligera, interrogante, mirando de un lado a otro sin cesar. Debo recordarla detenida para siempre, como en un álbum. Amilamia a lo lejos, un punto en el lugar donde la loma caía, desde un lago de tréboles, hacia el prado llano donde yo leía sentado sobre la banca: un punto de sombra y sol fluyentes y una mano que me saludaba desde allá arriba. Amilamia detenida en su carrera loma abajo, con la falda blanca esponjada y los calzones de florecillas apretados con ligas alrededor de los muslos, con la boca abierta y los ojos entrecerrados porque la carrera agitaba el aire y la niña lloraba de gusto. Amilamia sentada bajo los eucaliptos, fingiendo un llanto para que yo me acercara a ella. Amilamia boca abajo con una flor entre las manos: los pétalos de un amento que, descubrí más tarde, no crecía en este jardín, sino en otra parte, quizás en el jardín de la casa de Amilamia, pues la única bolsa de su delantal de cuadros azules venía a menudo llena de esas flores blancas. Amilamia viéndome leer, detenida con ambas manos a los barrotes de la banca verde, inquiriendo con los ojos grises: recuerdo que nunca me preguntó qué cosa leía, como si pudiese adivinar en mis ojos las imágenes nacidas de las páginas. Amilamia riendo con placer cuando yo la levantaba del talle y la hacía girar sobre mi cabeza y ella parecía descubrir otra perspectiva del mundo en ese vuelo lento. Amilamia dándome la espalda y despidiéndose con el brazo en alto y los dedos alborotados. Y Amilamia en las mil posturas que adoptaba alrededor de mi banca: colgada de cabeza, con las piernas al aire y los calzones abombados; sentada sobre la grava, con las piernas cruzadas y la barbilla apoyada en el mentón; recostada sobre el pasto, exhibiendo el ombligo al sol; tejiendo ramas de los árboles, dibujando animales en el lodo con una vara, lamiendo los barrotes de la banca, escondida bajo el asiento, quebrando sin hablar las cortezas sueltas de los troncos añosos, mirando fijamente el horizonte más allá de la colina, canturreando con los ojos cerrados, imitando las voces de pájaros, perros, gatos, gallinas, caballos. Todo para mí, y sin embargo, nada. Era su manera de estar conmigo, todo esto que recuerdo, pero también su manera de estar a solas en el parque. Sí; quizás la recuerdo fragmentariamente porque mi lectura alternaba con la contemplación de la niña mofletuda, de cabello liso y cambiante con los reflejos de la luz: ora pajizo, ora de un castaño quemado. Y sólo hoy pienso que Amilamia, en ese momento, establecía el otro punto de apoyo para mi vida, el que creaba la tensión entre mi propia infancia irresuelta y el mundo abierto, la tierra prometida que empezaba a ser mía en la lectura.

Entonces no. Entonces soñaba con las mujeres de mis libros, con las hembras -la palabra me trastornaba- que asumían el disfraz de la Reina para comprar el collar en secreto, con las invenciones mitológicas -mitad seres reconocibles, mitad salamandras de pechos blancos y vientres húmedos- que esperaban a los monarcas en sus lechos. Y así, imperceptiblemente, pasé de la indiferencia hacia mi compañía infantil a una aceptación de la gracia y gravedad de la niña, y de allí a un rechazo impensado de esa presencia inútil. Acabó por irritarme, a mí que ya tenía catorce años, esa niña de siete que no era, aún, la memoria y su nostalgia, sino el pasado y su actualidad. Me habla dejado arrastrar por una flaqueza. Juntos habíamos corrido, tomados de la mano, por el prado. Juntos habíamos sacudido los pinos y recogido las piñas que Amilamia guardaba con celo en la bolsa del delantal. Juntos habíamos fabricado barcos de papel para seguirlos, alborozados, al borde de la acequia. Y esa tarde, cuando juntos rodamos por la colina, en medio de gritos de alegría, y al pie de ella caímos juntos, Amilamia sobre mi pecho, yo con el cabello de la niña en mis labios, y sentí su jadeo en mi oreja y sus bracitos pegajosos de dulce alrededor de mi cuello, le retiré con enojo los brazos y la dejé caer. Amilamia lloró, acariciándose la rodilla y el codo heridos, y yo regresé a mi banca. Luego Amilamia se fue y al día siguiente regresó, me entregó el papel sin decir palabra y se perdió, canturreando, en el bosque. Dudé entre rasgar la tarjeta o guardarla en las páginas del libro.Las tardes de la granja. Hasta mis lecturas se estaban infantilizando al lado de Amilamia. Ella no regresó al parque. Yo, a los pocos días, salí de vacaciones y después regresé a los deberes del primer año de bachillerato. Nunca la volví a ver.



II

Y ahora, casi rechazando la imagen que es desacostumbrada sin ser fantástica y por ser real es más dolorosa, regreso a ese parque olvidado y, detenido ante la alameda de pinos y eucaliptos, me doy cuenta de la pequeñez del recinto boscoso, que mi recuerdo se ha empeñado en dibujar con una amplitud que pudiera dar cabida al oleaje de la imaginación. Pues aquí habían nacido, hablado y muerto Strogoff y Huckleberry, Milady de Winter y Genoveva de Brabante: en un pequeño jardín rodeado de rejas mohosas, plantado de escasos árboles viejos y descuidados, adornado apenas con una banca de cemento que imita la madera y que me obliga a pensar que mi hermosa banca de hierro forjado, pintada de verde, nunca existió o era parte de mi ordenado delirio retrospectivo. Y la colina... ¿Cómo pude creer que era eso, el promontorio que Amilamia bajaba y subía durante sus diarios paseos, la ladera empinada por donde rodábamos juntos? Apenas una elevación de zacate pardo sin más relieve que el que mi memoria se empeñaba en darle.

Me buscas aquí como te lo divujo. Entonces habría que cruzar el jardín, dejar atrás el bosque, descender en tres zancadas la elevación, atravesar ese breve campo de avellanos -era aquí, seguramente, donde la niña recogía los pétalos blancos-, abrir la reja rechinante del parque y súbitamente recordar, saber, encontrarse en la calle, darse cuenta de que todas aquellas tardes de la adolescencia, como por milagro, habían logrado suspender los latidos de la ciudad circundante, anular esa marea de pitazos, campanadas, voces, llantos, motores, radios, imprecaciones: ¿cuál era el verdadero imán: el jardín silencioso o la ciudad febril? Espero el cambio de luces y paso a la otra acera sin dejar de mirar el iris rojo que detiene el tránsito. Consulto el papelito de Amilamia. Al fin y al cabo, ese plano rudimentario es el verdadero imán del momento que vivo, y sólo pensarlo me sobresalta. Mi vida, después de las tardes perdidas de los catorce años, se vio obligada a tomar los cauces de la disciplina y ahora, a los veintinueve, debidamente diplomado, dueño de un despacho, asegurado de un ingreso módico, soltero aún, sin familia que mantener, ligeramente aburrido de acostarme con secretarias, apenas excitado por alguna salida eventual al campo o a la playa, carecía de una atracción central como las que antes me ofrecieron mis libros, mi parque y Amilamia. Recorro la calle de este suburbio chato y gris. Las casas de un piso se suceden monótonamente, con sus largas ventanas enrejadas y sus portones de pintura descascarada. Apenas el rumor de ciertos oficios rompe la uniformidad del conjunto. El chirreo de un afilador aquí, el martilleo de un zapatero allá. En las cerradas laterales, juegan los niños del barrio. La música de un organillo llega a mis oídos, mezclada con las voces de las rondas. Me detengo un instante a verlos, con la sensación, también fugaz, de que entre esos grupos de niños estaría Amilamia, mostrando impúdicamente sus calzones floreados, colgada de las piernas desde un balcón, afecta siempre a sus extravagancias acrobáticas, con la bolsa del delantal llena de pétalos blancos. Sonrío y por vez primera quiero imaginar a la señorita de veintidós años que, si aún vive en la dirección apuntada, se reirá de mis recuerdos o acaso habrá olvidado las tardes pasadas en el jardín.

La casa es idéntica a las demás. El portón, dos ventanas enrejadas, con los batientes cerrados. Un solo piso, coronado por un falso barandal neoclásico que debe ocultar los menesteres de la azotea: la ropa tendida, los tinacos de agua, el cuarto de criados, el corral. Antes de tocar el timbre, quiero desprenderme de cualquier ilusión. Amilamia ya no vive aquí. ¿Por qué iba a permanecer quince años en la misma casa? Además, pese a su independencia y soledad prematuras, parecía una niña bien educada, bien arreglada, y este barrio ya no es elegante; los padres de Amilamia, sin duda, se han mudado. Pero quizás los nuevos inquilinos saben a dónde.

Aprieto el timbre y espero. Vuelvo a tocar. Ésa es otra contingencia: que nadie esté en casa. Y yo, ¿sentiré otra vez la necesidad de buscar a mi amiguita? No, porque ya no será posible abrir un libro de la adolescencia y encontrar, al azar, la tarjeta de Amilamia. Regresaría a la rutina, olvidaría el momento que sólo importaba por su sorpresa fugaz.

Vuelvo a tocar. Acerco la oreja al portón y me siento sorprendido: una respiración ronca y entrecortada se deja escuchar del otro lado; el soplido trabajoso, acompañado por un olor desagradable a tabaco rancio, se filtra por los tablones resquebrajados del zaguán.

-Buenas tardes. ¿Podría decirme...?

Al escuchar mi voz, la persona se retira con pasos pesados e inseguros. Aprieto de nuevo el timbre, esta vez gritando:

-¡Oiga! ¡Ábrame! ¿Qué le pasa? ¿No me oye?

No obtengo respuesta. Continúo tocando el timbre, sin resultados. Me retiro del portón, sin alejar la mirada de las mínimas rendijas, como si la distancia pudiese darme perspectiva e incluso penetración. Con toda la atención fija en esa puerta condenada, atravieso la calle caminando hacia atrás; un grito agudo me salva a tiempo, seguido de un pitazo prolongado y feroz, mientras yo, aturdido, busco a la persona cuya voz acaba de salvarme, sólo veo el automóvil que se aleja por la calle y me abrazo a un poste de luz, a un asidero que, más que seguridad, me ofrece un punto de apoyo para el paso súbito de la sangre helada a la piel ardiente, sudorosa. Miro hacia la casa que fue, era, debía ser la de Amilamia. Allá, detrás de la balaustrada, como lo sabía, se agita la ropa tendida. No sé qué es lo demás: camisones, pijamas, blusas, no sé; yo veo ese pequeño delantal de cuadros azules, tieso, prendido con pinzas al largo cordel que se mece entre una barra de fierro y un clavo del muro blanco de la azotea.



III

En el Registro de la Propiedad me han dicho que ese terreno está a nombre de un señor R. Valdivia, que alquila la casa. ¿A quién? Eso no lo saben. ¿Quién es Valdivia? Ha declarado ser comerciante. ¿Dónde vive? ¿Quién es usted?, me ha preguntado la señorita con una curiosidad altanera. No he sabido presentarme calmado y seguro. El sueño no me alivió de la fatiga nerviosa. Valdivia. Salgo del Registro y el sol me ofende. Asocio la repugnancia que me provoca el sol brumoso y tamizado por las nubes bajas -y por ello más intenso- con el deseo de regresar al parque sombreado y húmedo. No, no es más que el deseo de saber si Amilamia vive en esa casa y por qué se me niega la entrada. Pero lo que debo rechazar, cuanto antes, es la idea absurda que no me permitió cerrar los ojos durante la noche. Haber visto el delantal secándose en la azotea, el mismo en cuya bolsa guardaba las flores, y creer por ello que en esa casa vivía una niña de siete años que yo había conocido catorce o quince antes... Tendría una hijita. Sí. Amilamia, a los veintidós años, era madre de una niña que quizás se vestía igual, se parecía a ella, repetía los mismos juegos, ¿quién sabe?, iba al mismo parque. Y cavilando llego de nuevo hasta el portón de la casa. Toco el timbre y espero el resuello agudo del otro lado de la puerta. Me he equivocado. Abre la puerta una mujer que no tendrá más de cincuenta años. Pero envuelta en un chal, vestida de negro y con zapatos de tacón bajo, sin maquillaje, con el pelo estirado hasta la nuca, entrecano, parece haber abandonado toda ilusión o pretexto de juventud y me observa con ojos casi crueles de tan indiferentes.

-¿Deseaba?

-Me envía el señor Valdivia. -Toso y me paso una mano por el pelo. Debí recoger mi cartapacio en la oficina. Me doy cuenta de que sin él no interpretaré bien mi papel.

-¿Valdivia? -La mujer me interroga sin alarma; sin interés.

-Sí. El dueño de la casa.

Una cosa es clara: la mujer no delatará nada en el rostro. Me mira impávida.

-Ah sí. El dueño de la casa.

-¿Me permite?...

Creo que en las malas comedias el agente viajero adelanta un pie para impedir que le cierren la puerta en las narices. Yo lo hago, pero la señora se aparta y con un gesto de la mano me invita a pasar a lo que debió ser una cochera. Al lado hay una puerta de cristal y madera despintada. Camino hacia ella, sobre los azulejos amarillos del patio de entrada, y vuelvo a preguntar, dando la cara a la señora que me sigue con paso menudo:

-¿Por aquí?

La señora asiente y por primera vez observo que entre sus manos blancas lleva una camándula con la que juguetea sin cesar. No he vuelto a ver esos viejos rosarios desde mi infancia y quiero comentarlo, pero la manera brusca y decidida con que la señora abre la puerta me impide la conversación gratuita. Entramos a un aposento largo y estrecho. La señora se apresura a abrir los batientes, pero la estancia sigue ensombrecida por cuatro plantas perennes que crecen en los macetones de porcelana y vidrio incrustado. Sólo hay en la sala un viejo sofá de alto respaldo enrejado de bejuco y una mecedora. Pero no son los escasos muebles o las plantas lo que llama mi atención. La señora me invita a tomar asiento en el sofá antes de que ella lo haga en la mecedora.

A mi lado, sobre el bejuco, hay una revista abierta.

-El señor Valdivia se excusa de no haber venido personalmente.

La señora se mece sin pestañear. Miro de reojo esa revista de cartones cómicos.

-La manda saludar y...

Me detengo, esperando una reacción de la mujer. Ella continúa meciéndose. La revista está garabateada con un lápiz rojo.

-...y me pide informarle que piensa molestarla durante unos cuantos días...

Mis ojos buscan rápidamente.

-...Debe hacerse un nuevo avalúo de la casa para el catastro. Parece que no se hace desde... ¿Ustedes llevan viviendo aquí...?

Sí; ese lápiz labial romo está tirado debajo del asiento. Y si la señora sonríe lo hace con las manos lentas que acarician la camándula: allí siento, por un instante, una burla veloz que no alcanza a turbar sus facciones. Tampoco esta vez me contesta.

-...¿por lo menos quince años, no es cierto...?

No afirma. No niega. Y en sus labios pálidos y delgados no hay la menor señal de pintura...

-...¿usted, su marido y...?

Me mira fijamente, sin variar de expresión, casi retándome a que continúe. Permanecemos un instante en silencio, ella jugueteando con el rosario, yo inclinado hacia adelante, con las manos sobre las rodillas. Me levanto.

-Entonces, regresaré esta misma tarde con mis papeles...

La señora asiente mientras, en silencio, recoge el lápiz labial, toma la revista de caricaturas y los esconde entre los pliegues del chal.


IV

La escena no ha cambiado. Esta tarde, mientras yo apunto cifras imaginarias en un cuaderno y finjo interés en establecer la calidad de las tablas opacas del piso y la extensión de la estancia, la señora se mece y roza con las yemas de los dedos los tres dieces del rosario. Suspiro al terminar el supuesto inventario de la sala y le pido que pasemos a otros lugares de la casa. La señora se incorpora, apoyando los brazos largos y negros sobre el asiento de la mecedora y ajustándose el chal a las espaldas estrechas y huesudas.

Abre la puerta de vidrio opaco y entramos a un comedor apenas más amueblado. Pero la mesa con patas de tubo, acompañada de cuatro sillas de níquel y hulespuma, ni siquiera poseen el barrunto de distinción de los muebles de la sala. La otra ventana enrejada, con los batientes cerrados, debe iluminar en ciertos momentos este comedor de paredes desnudas, sin cómodas ni repisas. Sobre la mesa sólo hay un frutero de plástico con un racimo de uvas negras, dos melocotones y una corona zumbante de moscas. La señora, con los brazos cruzados y el rostro inexpresivo, se detiene detrás de mí. Me atrevo a romper el orden: es evidente que las estancias comunes de la casa nada me dirán sobre lo que deseo saber.

-¿No podríamos subir a la azotea? -pregunto-. Creo que es la mejor manera de cubrir la superficie total.

La señora me mira con un destello fino y contrastado, quizás, con la penumbra del comedor.

-¿Para qué? -dice, por fin-. La extensión la sabe bien el señor... Valdivia...

Y esas pausas, una antes y otra después del nombre del propietario, son los primeros indicios de que algo, al cabo, turba a la señora y la obliga, en defensa, a recurrir a cierta ironía.

-No sé -hago un esfuerzo por sonreír-. Quizás prefiero ir de arriba hacia abajo y no... -mi falsa sonrisa se va derritiendo-... de abajo hacia arriba.

-Usted seguirá mis indicaciones -dice la señora con los brazos cruzados sobre el regazo y la cruz de plata sobre el vientre oscuro.

Antes de sonreír débilmente, me obligo a pensar que en la penumbra mis gestos son inútiles, ni siquiera simbólicos. Abro con un crujido de la pasta el cuaderno y sigo anotando con la mayor velocidad posible, sin apartar la mirada, los números y apreciaciones de esta tarea cuya ficción -me lo dice el ligero rubor de las mejillas, la definida sequedad de la lengua- no engaña a nadie. Y al llenar la página cuadriculada de signos absurdos de raíces cuadradas y fórmulas algebraicas, me pregunto qué cosa me impide ir al grano, preguntar por Amilamia y salir de aquí con una respuesta satisfactoria. Nada. Y sin embargo, tengo la certeza de que por ese camino, si bien obtendría un respuesta, no sabría la verdad. Mi delgada y silenciosa acompañante tiene una silueta que en la calle no me detendría a contemplar, pero que en esta casa de mobiliario ramplón y habitantes ausentes, deja de ser un rostro anónimo de la ciudad para convertirse en un lugar común del misterio Tal es la paradoja, y si las memorias de Amilamia han despertado otra vez mi apetito de imaginación seguiré las reglas del juego, agotaré las apariencia y no reposaré hasta encontrar la respuesta -quizá simple y clara, inmediata y evidente- a través de los inesperados velos que la señora del rosario tiende en mi camino. ¿Le otorgo a mi anfitriona renuente una extrañeza gratuita? Si es así, sólo gozaré más en los laberintos de mi invención. Y la moscas zumban alrededor del frutero, pero se posan sobre ese punto herido del melocotón, ese trozo mordisqueado -me acerco con el pretexto de mis notas- por unos dientecillos que han dejado su huella en la piel aterciopelada y la carne ocre de la fruta. No miro hacia donde está la señora. Finjo que sigo anotando. La fruta parece mordida pero no tocada. Me agacho para verla mejor, apoyo las manos sobre la mesa, adelanto los labios como si quisiera repetir el acto de morder sin tocar. Bajo los ojos y veo otra huella cerca de mi pies: la de dos llantas que me parecen de bicicleta, dos tiras de goma impresas sobre el piso de madera despintada que llegan hasta el filo de la mesa y luego se retiran, cada vez más débiles, a lo largo del piso, hacía donde está la señora...

Cierro mi libro de notas.

-Continuemos, señora.

Al darle la cara, la encuentro de pie con las manos sobre el respaldo de una silla Delante de ella, sentado, tose el humo de su cigarrillo negro un hombre de espaldas cargadas y mirar invisible: los ojos están escondidos por esos párpados arrugados, hinchados, gruesos y colgantes similares a un cuello de tortuga vieja, que no obstante parece seguir mis movimientos. Las mejillas mal afeitadas, hendidas por mil surcos grises, cuelgan de los pómulos salientes y las manos verdosas están escondidas entre las axilas: viste una camisa burda, azul, y su pelo revuelto semeja, por lo rizado, un fondo de barco cubierto de caramujos. No se mueve y el signo real de su existencia es ese jadeo difícil (como si la respiración debiera vencer los obstáculos de una y otra compuerta de flema, irritación, desgaste) que ya había escuchado entre los resquicios del zaguán.

Ridículamente, murmuró: -Buenas tardes... -y me dispongo a olvidarlo todo: el misterio, Amilamia, el avalúo, las pistas. La aparición de este lobo asmático justifica un pronta huida. Repito "Buenas tardes", ahora en son de despedida. La máscara de la tortuga se desbarata en una sonrisa atroz: cada poro de esa carne parece fabricado de goma quebradiza, de hule pintado y podrido. El brazo se alarga y me detiene.

-Valdivia murió hace cuatro años -dice el hombre con esa voz sofocada, lejana, situada en las entrañas y no en la laringe: una voz tipluda y débil.

Arrestado por esa garra fuerte, casi dolorosa, me digo que es inútil fingir. Los rostros de cera y caucho que me observan nada dicen y por eso puedo, a pesar de todo, fingir por última vez, inventar que me hablo a mí mismo cuando digo:

-Amilamia...

Sí: nadie habrá de fingir más. El puño que aprieta mi brazo afirma su fuerza sólo por un instante, en seguida afloja y al fin cae, débil y tembloroso, antes de levantarse y tomar la mano de cera que le tocaba el hombro: la señora, perpleja por primera vez, me mira con los ojos de un ave violada y llora con un gemido seco que no logra descomponer el azoro rígido de sus facciones. Los ogros de mi invención, súbitamente, son dos viejos solitarios, abandonados, heridos, que apenas pueden confortarse al unir sus manos con un estremecimiento que me llena de vergüenza. La fantasía me trajo hasta este comedor desnudo para violar la intimidad y el secreto de dos seres expulsados de la vida por algo que yo no tenía el derecho de compartir. Nunca me he despreciado tanto. Nunca me han faltado las palabras de manera tan burda. Cualquier gesto es vano: ¿voy a acercarme, voy a tocarlos, voy a acariciar la cabeza de la señora, voy a pedir excusas por mi intromisión? Me guardo el libro de notas en la bolsa del saco. Arrojo al olvido todas las pistas de mi historia policial: la revista de dibujos, el lápiz labial, la fruta mordida, las huellas de la bicicleta, el delantal de cuadros azules... Decido salir de esta casa sin decir nada. El viejo, detrás de los párpados gruesos, ha debido fijarse en mí. El resuello tipludo me dice:

-¿Usted la conoció?

Ese pasado tan natural, que ellos deben usar a diario, acaba por destruir mis ilusiones. Allí está la respuesta. Usted la conoció. ¿Cuántos años? ¿Cuántos años habrá vivido el mundo sin Amilamia, asesinada primero por mi olvido, resucitada, apenas ayer, por una triste memoria impotente? ¿Cuándo dejaron esos ojos grises y serios de asombrarse con el deleite de un jardín siempre solitario? ¿Cuándo esos labios de hacer pucheros o de adelgazarse en aquella seriedad ceremoniosa con la que, ahora me doy cuenta, Amilamia descubría y consagraba las cosas de una vida que, acaso, intuía fugaz?

-Sí, jugamos juntos en el parque. Hace mucho.

-¿Qué edad tenía ella? -dice, con la voz aún más apagada, el viejo.

-Tendría siete años. Sí, no más de siete.

La voz de la mujer se levanta, junto con los brazos que parecen implorar:

-¿Cómo era, señor? Díganos cómo era, por favor...

Cierro los ojos. -Amilamia también es mi recuerdo. Sólo podría compararla a las cosas que ella tocaba, traía y descubría en el parque. Sí. Ahora la veo, bajando por la loma. No, no es cierto que sea apenas una elevación de zacate. Era una colina de hierba y Amilamia había trazado un sendero con sus idas y venidas y me saludaba desde lo alto antes de bajar, acompañada por la música, sí, la música de mis ojos, las pinturas de mi olfato, los sabores de mi oído, los olores de mi tacto... mi alucinación... ¿me escuchan?... bajaba saludando, vestida de blanco, con un delantal de cuadros azules... el que ustedes tienen tendido en la azotea...

Toman mis brazos y no abro los ojos.

-¿Cómo era, señor?

-Tenía los ojos grises y el color del pelo le cambiaba con los reflejos del sol y la sombra de los árboles...

Me conducen suavemente, los dos; escucho el resuello del hombre, el golpe de la cruz del rosario contra el cuerpo de la mujer...

-Díganos, por favor...

-El aire la hacía llorar cuando corría; llegaba hasta mi banca con las mejillas plateadas por un llanto alegre...

No abro los ojos. Ahora subimos. Dos, cinco, ocho, nueve, doce peldaños. Cuatro manos guían mi cuerpo.

-¿Cómo era, cómo era?

-Se sentaba bajo los eucaliptos y hacía trenzas con las ramas y fingía el llanto para que yo dejara mi lectura y me acercara a ella.

Los goznes rechinan. El olor lo mata todo: dispersa los demás sentidos, toma asiento como un mogol amarillo en el trono de mi alucinación, pesado como un cofre, insinuante como el crujir de una seda drapeada, ornamentado como un cetro turco, opaco como una veta honda y perdida, brillante como una estrella muerta. Las manos me sueltan. Más que el llanto, es el temblor de los viejos lo que me rodea. Abro lentamente los ojos: dejo que el mareo líquido de mi córnea primero, en seguida la red de mis pestañas, descubran el aposento sofocado por esa enorme batalla de perfumes, de vahos y escarchas de pétalos casi encarnados, tal es la presencia de las flores que aquí, sin duda, poseen una piel viviente: dulzura del jaramago, náusea del ásaro, tumba del nardo, templo de la gardenia: la pequeña recámara sin ventanas, iluminada por las uñas incandescentes de los pesados cirios chisporroteantes, introduce su rastro de cera y flores húmedas hasta el centro del plexo y sólo de allí, del sol de la vida, es posible revivir para contemplar, detrás de los cirios y entre las flores dispersas, el cúmulo de juguetes usados, los aros de colores y los globos arrugados, sin aire, viejas ciruelas transparentes; los caballos de madera con las crines destrozadas, los patines del diablo, las muñecas despelucadas y ciegas, los osos vaciados de serrín, los patos de hule perforado, los perros devorados por la polilla, las cuerdas de saltar roldas, los jarrones de vidrio repletos de dulces secos, los zapatitos gastados, el triciclo -¿tres ruedas?; no; dos; y no de bicicleta; dos ruedas paralelas, abajo-, los zapatitos de cuero y estambre; y al frente, al alcance de mi mano, el pequeño féretro levantado sobre cajones azules decorados con flores de papel, esta vez flores de la vida, claveles y girasoles, amapolas y tulipanes, pero como aquéllas, las de la muerte, parte de un asativo que cocía todos los elementos de este invernadero funeral en el que reposa, dentro del féretro plateado y entre las sábanas de seda negra y junto al acolchado de raso blanco, ese rostro inmóvil y sereno, enmarcado por una cofia de encaje, dibujado con tintes de color de rosa: cejas que el más leve pincel trazó, párpados cerrados, pestañas reales, gruesas, que arrojan una sombra tenue sobre las mejillas tan saludables como en los días del parque. Labios serios, rojos, casi en el puchero de Amilamia cuando fingía un enojo para que yo me acercara a jugar. Manos unidas sobre el pecho. Una camándula, idéntica a la de la madre, estrangulando ese cuello de pasta. Mortaja blanca y pequeña del cuerpo impúber, limpio, dócil.

Los viejos se han hincado, sollozando.

Yo alargo la mano y rozo con los dedos el rostro de porcelana de mi amiga. Siento el frío de esas facciones dibujadas, de la muñeca-reina que preside los fastos de esta cámara real de la muerte. Porcelana, pasta y algodón. Amilamia no olbida a su amigito y me buscas aquí como te lo divujo.

Aparto los dedos del falso cadáver. Mis huellas digitales quedan sobre la tez de la muñeca.

Y la náusea se insinúa en mi estómago, depósito del humo de los cirios y la peste del ásaro en el cuarto encerrado. Doy la espalda al túmulo de Amilamia. La mano de la señora toca mi brazo. Sus ojos desorbitados no hacen temblar la voz apagada:

-No vuelva, señor. Si de veras la quiso, no vuelva más.

Toco la mano de la madre de Amilamia, veo con los ojos mareados la cabeza del viejo, hundida entre sus rodillas, y salgo del aposento a la escalera, a la sala, al patio, a la calle.


V

Si no un año, sí han pasado nueve o diez meses. La memoria de aquella idolatría ha dejado de espantarme. He perdido el olor de las flores y la imagen de la muñeca helada. La verdadera Amilamia ya regresó a mi recuerdo y me he sentido, si no contento, sano otra vez: el parque, la niña viva, mis horas de lectura adolescente, han vencido a los espectros de un culto enfermo. La imagen de la vida es más poderosa que la otra. Me digo que viviré para siempre con mi verdadera Amilamia, vencedora de la caricatura de la muerte. Y un día me atrevo a repasar aquel cuaderno de hojas cuadriculadas donde apunté los datos falsos del avalúo. Y de sus páginas, otra vez, cae la tarjeta de Amilamia con su terrible caligrafía infantil y su plano para ir del parque a la casa. Sonrío al recogerla. Muerdo uno de los bordes, pensando que los pobres viejos, a pesar de todo, aceptarían este regalo.

Me pongo el saco y me anudo la corbata, chiflando. ¿Por qué no visitarlos y ofrecerles ese papel con la letra de la niña?

Me acerco corriendo a la casa de un piso. La lluvia comienza a caer en gotones aislados que hacen surgir de la tierra, con una inmediatez mágica, ese olor de bendición mojada que parece remover los humus y precipitar las fermentaciones de todo lo que existe con una raíz en el polvo.

Toco el timbre. El aguacero arrecia e insisto. Una voz chillona grita: ¡Voy!, y espero que la figura de la madre, con su eterno rosario, me reciba. Me levanto las solapas del saco. También mi ropa, mi cuerpo, transforman su olor al contacto con la lluvia. La puerta se abre.

-¿Qué quiere usted? ¡Qué bueno que vino!

Sobre la silla de ruedas, esa muchacha contrahecha detiene una mano sobre la perilla y me sonríe con una mueca inasible. La joroba del pecho convierte el vestido en una cortina del cuerpo: un trapo blanco al que, sin embargo, da un aire de coquetería el delantal de cuadros azules. La pequeña mujer extrae de la bolsa del delantal una cajetilla de cigarros y enciende uno con rapidez, manchando el cabo con los labios pintados de color naranja. El humo le hace guiñar los hermosos ojos grises. Se arregla el pelo cobrizo, apajado, peinado a la permanente, sin dejar de mirarme con un aire inquisitivo y desolado, pero también anhelante, ahora miedoso.

-No, Carlos. Vete. No vuelvas más.

Y desde la casa escucho, al mismo tiempo, el resuello tipludo del viejo, cada vez más cerca:

-¿Dónde estás? ¿No sabes que no debes contestar las llamadas? ¡Regresa! ¡Engendro del demonio! ¿Quieres que te azote otra vez?

Y el agua de la lluvia me escurre por la frente, por las mejillas, por la boca, y las pequeñas manos asustadas dejan caer sobre las losas húmedas la revista de historietas.


domingo, 1 de marzo de 2020

EL CONCIERTO (Augusto Monterroso)


Dentro de escasos minutos ocupará con elegancia su lugar ante el piano. Va a recibir con una inclinación casi imperceptible el ruidoso homenaje del público. Su vestido, cubierto de lentejuelas, brillará como si la luz reflejara sobre él el acelerado aplauso de las ciento diecisiete personas que llenan esta pequeña y exclusiva sala, en la que mis amigos aprobarán o rechazarán —no lo sabré nunca— sus intentos de reproducir la más bella música, según creo, del mundo.

Lo creo, no lo sé. Bach, Mozart, Beethoven. Estoy acostumbrado a oír que son insuperables y yo mismo he llegado a imaginarlo. Y a decir que lo son. Particularmente preferiría no encontrarme en tal caso. En lo íntimo estoy seguro de que no me agradan y sospecho que todos adivinan mi entusiasmo mentiroso.

Nunca he sido un amante del arte. Si a mi hija no se le hubiera ocurrido ser pianista yo no tendría ahora este problema. Pero soy su padre y sé mi deber, tengo que oírla y apoyarla. Soy un hombre de negocios y sólo me siento feliz cuando manejo las finanzas. Lo repito, no soy artista. Si hay un arte en acumular una fortuna y en ejercer el dominio del mercado mundial y en aplastar a los competidores, reclamo el primer lugar en ese arte.

La música es bella, cierto. Pero ignoro si mi hija es capaz de recrear esa belleza. Ella misma lo duda. Con frecuencia, después de las audiciones, la he visto llorar, a pesar de los aplausos. Por otra parte, si alguno aplaude sin fervor, mi hija tiene la facultad de descubrirlo entre la concurrencia, y esto basta para que sufra y lo odie con ferocidad de ahí en adelante. Pero es raro que alguien apruebe fríamente. Mis amigos más cercanos han aprendido en carne propia que la frialdad en el aplauso es peligrosa y puede arruinarlos. Si ella no hiciera una señal de que considera suficiente la ovación, seguirían aplaudiendo toda la noche por el temor que siente cada uno de ser el primero en dejar de hacerlo. A veces esperan mi cansancio para cesar de aplaudir y entonces los veo cómo vigilan mis manos, temerosos de adelantárseme en iniciar el silencio. Al principio me engañaron y los creí sinceramente emocionados: el tiempo no ha pasado en balde y he terminado por conocerlos. Un odio continuo y creciente se ha apoderado de mí. Pero yo mismo soy falso y engañoso. Aplaudo sin convicción. Yo no soy un artista. La música es bella, pero en el fondo no me importa que lo sea y me aburre. Mis amigos tampoco son artistas. Me gusta mortificarlos, pero no me preocupan.

Son otros los que me irritan. Se sientan siempre en las primeras filas y a cada instante anotan algo en sus libretas. Reciben pases gratis que mi hija escribe con cuidado y les envía personalmente. También los aborrezco. Son los periodistas. Claro que me temen y con frecuencia puedo comprarlos. Sin embargo, la insolencia de dos o tres no tiene límites y en ocasiones se han atrevido a decir que mi hija es una pésima ejecutante. Mi hija no es una mala pianista. Me lo afirman sus propios maestros. Ha estudiado desde la infancia y mueve los dedos con más soltura y agilidad que cualquiera de mis secretarias. Es verdad que raramente comprendo sus ejecuciones, pero es que yo no soy un artista y ella lo sabe bien.

La envidia es un pecado detestable. Este vicio de mis enemigos puede ser el escondido factor de las escasas críticas negativas. No sería extraño que alguno de los que en este momento sonríen, y que dentro de unos instantes aplaudirán, propicie esos juicios adversos. Tener un padre poderoso ha sido favorable y aciago al mismo tiempo para ella. Me pregunto cuál sería la opinión de la prensa si ella no fuera mi hija. Pienso con persistencia que nunca debió tener pretensiones artísticas. Esto no nos ha traído sino incertidumbre e insomnio. Pero nadie iba ni siquiera a soñar, hace veinte años, que yo llegaría adonde he llegado. Jamás podemos saber con certeza, ni ella ni yo, lo que en realidad es, lo que efectivamente vale. Es ridícula, en un hombre como yo, esa preocupación.

Si no fuera porque es mi hija confesaría que la odio. Que cuando la veo aparecer en el escenario un persistente rencor me hierve en el pecho, contra ella y contra mí mismo, por haberle permitido seguir un camino tan equivocado. Es mi hija, claro, pero por lo mismo no tenía derecho a hacerme eso.

Mañana aparecerá su nombre en los periódicos y los aplausos se multiplicarán en letras de molde. Ella se llenará de orgullo y me leerá en voz alta la opinión laudatoria de los críticos. No obstante, a medida que vaya llegando a los últimos, tal vez a aquéllos en que el elogio es más admirativo y exaltado, podré observar cómo sus ojos irán humedeciéndose, y cómo su voz se apagará hasta convertirse en un débil rumor, y cómo, finalmente, terminará llorando con un llanto desconsolado e infinito. Y yo me sentiré, como todo mi poder, incapaz de hacerla pensar que verdaderamente es una buena pianista y que Bach y Mozart y Beethoven estarían complacidos de la habilidad con que mantiene vivo su mensaje.

Ya se ha hecho ese repentino silencio que presagia su salida. Pronto sus dedos largos y armoniosos se deslizarán sobre el teclado, la sala se llenará de música, y yo estaré sufriendo una vez más.


sábado, 29 de febrero de 2020

UN HOMBRE VIENE BAJO LA LLUVIA (Gabriel García Márquez)


Otras veces había experimentado el mismo sobresalto cuando se sentaba a oír la lluvia. Sentía crujir la verja de hierro; sentía pasos de hombre en el sendero enladrillado y ruidos de botas raspadas en el piso, frente al umbral. Durante muchas noches aguardó a que el hombre llamara a la puerta. Pero después, cuando aprendió a descifrar los innumerables ruidos de la lluvia, pensó que el visitante imaginario no pasaría nunca del umbral y se acostumbró a no esperarlo. Fue una resolución definitiva, tomada en esa borrascosa noche de septiembre, cinco años atrás, en que se puso a reflexionar sobre su vida, y se dijo: «A este paso, terminaré por volverme vieja». Desde entonces cambiaron los ruidos de la lluvia y otras voces reemplazaron a los pasos de hombre en el sendero de ladrillos.

Es cierto que a pesar de su decisión de no esperarlo más, en algunas ocasiones la verja volvió a crujir y el hombre raspó otra vez sus botas frente al umbral, como antes. Pero para entonces ella asistía a nuevas revelaciones de la lluvia. Entonces oía otra vez a Noel, cuando tenía quince años, enseñándole lecciones de catecismo a su papagayo; y oía la canción remota y triste del gramófono que vendieron a un corredor de baratijas, cuando murió el último hombre de la familia. Ella había aprendido a rescatar de la lluvia las voces perdidas en el pasado de la casa, las voces más puras y entrañables. De manera que hubo mucho de sorprendente y maravillosa novedad, esa noche de tormenta en que el hombre que tantas veces había abierto la verja de hierro caminó por el sendero enladrillado, tosió en el umbral y llamó dos veces a la puerta.

Oscurecido el rostro por una irreprimible ansiedad, ella hizo un breve gesto con la mano, volvió la vista hacia donde estaba la otra mujer y dijo: «Ya está ahí».

La otra estaba junto a la mesa, apoyados los codos en las gruesas tablas de roble sin pulir. Cuando oyó los golpes, desvió los ojos hacia la lámpara y pareció sacudida por una terebrante ansiedad.

—¿Quién puede ser a estas horas? —dijo.

Y ella, serena, otra vez, con la seguridad de quien está diciendo una frase madurada durante muchos años.

—Eso es lo de menos. Cualquiera que sea debe estar emparamado.

La otra se puso en pie, seguida minuciosamente por la mirada de ella. La vio coger la lámpara. La vio perderse en el corredor. Sintió, desde la sala en penumbras y entre el rumor de la lluvia que la oscuridad hacía más intenso, los pasos de la otra, alejándose, cojeando en los sueltos y gastados ladrillos del zaguán. Luego oyó el ruido de la lámpara que tropezó con el muro y después la tranca, descorriéndose en las argollas oxidadas.

Por un momento no oyó nada más que voces distantes. El discurso remoto y feliz de Noel, sentado en un barril, dándole noticias de Dios a su papagayo. Oyó el crujido de la rueda en el patio, cuando papá Laurel abría el portón para que entrara el carro de los dos bueyes. Oyó a Genoveva alborotando la casa, como siempre, porque siempre, «siempre encuentro este bendito baño ocupado». Y después, otra vez a papá Laurel, desportillando sus palabrotas de soldado, tumbando golondrinas con la misma escopeta que utilizó en la última guerra civil para derrotar, él solo, a toda una división del gobierno. Hasta llegó a pensar que esta vez el episodio no pasaría de los golpes en la puerta, como antes no pasó de las botas raspadas en el umbral; y pensaba que la otra mujer había abierto y sólo había visto los tiestos de flores bajo la lluvia, y la calle triste y desierta.

Pero luego empezó a precisar voces en la oscuridad. Y oyó otra vez las pisadas conocidas y vio las sombras estiradas en la pared del zaguán. Entonces supo que después de muchos años de aprendizaje, después de muchas noches de vacilación y arrepentimiento, el hombre que abría la verja de hierro había decidido entrar.

La otra mujer regresó con la lámpara, seguida por el recién llegado; la puso en la mesa, y él —sin salir de la órbita de claridad— se quitó el impermeable, vuelto hacia la pared el rostro castigado por la tormenta. Entonces, ella lo vio por primera vez. Lo miró sólidamente al principio. Después lo descifró de pies a cabeza, concretándolo miembro a miembro con una mirada perseverante, aplicada y seria, como si en vez de un hombre hubiera estado examinando un pájaro. Finalmente volvió los ojos hacia la lámpara y comenzó a pensar «Es él, de todos modos. A pesar de que lo imaginaba un poco más alto».

La otra mujer rodó una silla hasta la mesa. El hombre se sentó, cruzó una pierna y desató el cordón de la bota. La otra se sentó junto a él, hablándole con espontaneidad de algo que ella, en el mecedor, no alcanzaba a entender. Pero frente a los gestos sin palabras ella se sentía redimida de su abandono y advertía que el aire polvoriento y estéril olía de nuevo como antes, como si fuera otra vez la época en que había hombres que entraban sudando a las alcobas, y Úrsula, atolondrada y saludable, corría todas las tardes a las cuatro y cinco, a despedir el tren desde la ventana. Ella lo veía gesticular y se alegraba de que el desconocido procediera así; de que entendiera que después de un viaje difícil, muchas veces rectificado, había encontrado al fin la casa extraviada en la tormenta.

El hombre empezó a desabotonarse la camisa. Se había quitado las botas y estaba inclinado sobre la mesa, puesto a secar al calor de la lámpara. Entonces, la otra mujer se levantó, caminó hacia el armario y regresó a la mesa con una botella a medio empezar y un vaso. El hombre agarró la botella por el cuello, extrajo con los dientes el tapón de corcho y se sirvió medio vaso de licor verde y espeso. Luego bebió sin respirar, con una ansiedad exaltada. Y ella, desde el mecedor, observándolo, se acordó de esa noche en que la verja crujió por primera vez —¡hacía tanto tiempo!— y ella pensó que no había en la casa nada que darle al visitante, salvo esa botella de menta. Ella le había dicho a su compañera: «Hay que dejar la botella en el armario. Alguien puede necesitarla alguna vez». La otra le había dicho: «¿Quién?» Y ella: «Cualquiera», había respondido. «Siempre es bueno estar preparados por si viene alguien cuando llueve». Habían transcurrido muchos años desde entonces. Y ahora el hombre previsto estaba allí, vertiendo más licor en el vaso.

Pero esta vez el hombre no bebió. Cuando se disponía a hacerlo, sus ojos se extraviaron en la penumbra, por encima de la lámpara, y ella sintió por primera vez el contacto tibio de su mirada. Comprendió que hasta ese instante el hombre no había caído en la cuenta de que había otra mujer en la casa; y entonces empezó a mecerse.

Por un momento el hombre la examinó con una atención indiscreta. Una indiscreción tal vez deliberada. Ella se desconcertó al principio; pero luego advirtió que también esa mirada le era familiar y que no obstante su escrutadora y algo impertinente obstinación había en ella mucho de la traviesa bondad de Noel y también un poco de la torpeza paciente y honrada de su papagayo. Por eso empezó a mecerse, pensando: «Aunque no sea el mismo que abría la verja de hierro, es como si lo fuera, de todos modos». Y todavía meciéndose, mientras él la miraba, pensó: «Papá Laurel lo habría invitado a cazar conejos en la huerta».

Antes de la media noche la tormenta arreció. La otra había rodado la silla hasta el mecedor y las dos mujeres permanecían silenciosas, inmóviles, contemplando al hombre que se secaba junto a la lámpara. Una rama suelta del almendro vecino golpeó varias veces contra la ventana sin ajustar y el aire de la sala se humedeció, invadido por una bocanada de intemperie. Ella sintió en el rostro la cortante orilla de la granizada, pero no se movió, hasta cuando vio que el hombre escurrió en el vaso la última gota de menta. Le pareció que había algo simbólico en aquel espectáculo. Y entonces se acordó de papá Laurel, peleando solo, atrincherado en el corral, tumbando soldados del gobierno con una escopeta de perdigones para golondrinas. Y se acordó de la carta que le escribió el coronel Aureliano Buendía y del título de capitán que papá Laurel rechazó, diciendo: «Díganle a Aureliano que esto no lo hice por la guerra, sino para evitar que esos salvajes se comieran mis conejos».

Fue como si en aquel recuerdo hubiera escanciado ella también la última gota de pasado que le quedaba en la casa.

—¿Hay algo más en el armario? —preguntó sombríamente.

Y la otra, con el mismo acento, con el mismo tono en que suponía que él no habría podido oírla, dijo:

—Nada más. Acuérdate que el lunes nos comimos el último puñado de habichuelas.

Y luego, temiendo que el hombre las hubiera oído, miraron de nuevo hasta la mesa pero sólo vieron la oscuridad, sin la mesa y el hombre. Sin embargo, ellas sabían que el hombre estaba ahí, invisible junto a la lámpara exhausta. Sabían que no abandonaría la casa mientras no acabara de llover, y que en la oscuridad la sala se había reducido de tal modo que no tenía nada de extraño que las hubiera oído.