No me ha quedado mal la luz que acaricia las montañas y tiñe de dorado la arena del desierto; ni los saltos de agua que se rompen en nubes de espuma y aplacan el calor sofocante de la selva. Me gusta el vuelo de las águilas y el graznido de las gaviotas y el arrullo de las palomas torcaces y el salto de la pantera sobre su desprevenida presa. Pero sobre todo me encanta él, erguido, astuto, soñador: mi creación más conseguida. Tiene la mirada perspicaz y las manos hábiles. Es capaz de idear una trampa para cazar liebres y de caminar durante horas solo para contemplar cómo el sol se sumerge en el mar.
Ha elaborado un lenguaje y se pierde en soliloquios que nadie responde. Le he proporcionado una voz profunda, cálida. Hay veces que se tumba al pie del árbol prohibido a la espera de que se produzca algún fenómeno. Las noches sin luna da vueltas en su lecho de musgo y se duerme llorando. Le he preguntado el porqué de su tristeza y su respuesta ha sido sorprendente. "Estoy solo", me ha dicho. ¿Solo? Está rodeado de distracciones que he creado para él. Puede nadar en los ríos, correr junto a las gacelas, disfrutar con los cantos de mil pájaros. Pero él repite: Estoy solo.
Está bien. He cedido. Le he ideado un ser complementario y estoy muy satisfecho. Entre los dos podrán elaborar juegos, que les proporcionarán goces muy intensos, y hablar hasta quedarse afónicos. El nuevo ser es más frágil, pero también más armónico y suave. Posee dotes de seducción, es sagaz, curioso y pícaro. También a este ser le he dicho que no puede acercarse al árbol prohibido y me ha dejado asombrado su reacción. "¿Por qué?", me ha preguntado. Por supuesto ni me he molestado en contestarle.
No lo entiendo. Han comido del árbol. Los dos. El primero dice que la culpa es del segundo, y el segundo se ha inventado una historia tan absurda que no merece la pena ni tenerla en cuenta. Ha relatado con todo lujo de detalles que ha sido una serpiente la que les ha inducido a comer la fruta prohibida. ¿Es que desconfía de mi inteligencia? ¡Estoy indignado! Les he puesto de patitas en la calle. No acepto la desobediencia y mucho menos la mentira. Se han marchado con una mano delante y otra detrás. Y el segundo ser no ha dejado de protestar ni un momento. ¡Valientes desagradecidos!
¡Ah qué suerte la de ustedes! Acompañar a los muertos al cementerio y regresar a casa, tal vez con una gran tristeza en el alma y un gran vacío en el corazón, si el muerto era un ser querido; y si no, con la satisfacción de haber cumplido un deber desagradable y deseosos de disipar, volviendo a los trastornos y a los trajines de la vida, la consternación y la angustia que el pensamiento y el espectáculo de la muerte infunden. Todos, de cualquier modo, con un sentimiento de alivio, porque, aun para los parientes más íntimos el muerto -digamos la verdad- con esa gélida, inmóvil rigidez impasiblemente opuesta a todos los cuidados que le brindamos, a todo el llanto que derramamos a su alrededor, es una horrible molestia, de la que el mismo dolor -aunque dé a entender e intente embargar otra vez desesperadamente- anhela muy en el fondo liberarse.
Y ustedes se liberan, por lo menos de esa horrible molestia material, al dejar a sus muertos en el cementerio. Será una pena, será un fastidio; pero luego ven como se deshace el velatorio; cómo cae el féretro en la fosa; y adiós. Todo ha terminado.
¿Les parece poca suerte?
A mí, todos los muertos que acompaño al cementerio vuelven a buscarme. Atrás, atrás. Dentro de la casa fingen estar muertos. O quizás están realmente muertos para ellos. Pero no para mí, ¡les ruego que me crean! Cuando para ustedes todo ha terminado, para mí no ha terminado nada. Se vienen todos a mi casa. Tengo la casa llena. ¿Ustedes creen en los muertos? Pero, ¡qué muertos! Están todos vivos. Vivos como yo, como ustedes, más que antes.
Solo que -eso sí- están desilusionados.
Porque, reflexionen bien: ¿qué puede haber muerto de ellos?. Esa realidad que ellos le dieron, y no siempre del mismo modo, a sí mismos, a la vida. Oh, una realidad muy relativa, les ruego que lo crean. No era la de ustedes; no era la mía. Yo y ustedes, en efecto, vemos, sentimos y pensamos, cada cual a su modo, a nosotros mismos y a la vida. Lo que quiere decir que a nosotros mismos y a la vida les damos, cada cual a su modo, una realidad: la proyectamos afuera y creemos que, así como es nuestra, debe ser de todos: y alegremente vivimos en medio de ella, y caminamos seguros, bastón en mano, cigarro en boca.
Ah, señores míos, ¡no confíen demasiado! ¡Basta apenas un soplo para llevarse a nuestra susodicha realidad! ¿Pero no ven que les cambia continuamente? Cambia, en cuanto empiezan a ver, a sentir, a pensar un poquitín diferente que poco antes; de modo que todo lo que poco antes era para ustedes la realidad, ahora comprenden que, en cambio, era una ilusión. Pero incluso, ay de mí, ¿hay acaso otra realidad fuera de esta ilusión? ¿y qué es la muerte sino la desilusión total?. Pero, he aquí que si los muertos son un montón de pobres desilusionados por la ilusión que se hicieron de sí mismos y de la vida; por la ilusión que yo me hago todavía pueden tener el consuelo de vivir siempre mientras yo viva. ¡Y se aprovechan! Les aseguro que se aprovechan.
Miren. Hace más de veinte años conocí en Bonn, sobre el Rhin, a un cierto señor Herbst -quiere decir otoño-; pero el señor Herbst era también durante el invierno, la primavera y el verano, sombrerero y tenía su tienda en una esquina de la plaza del mercado, junto a la Beethoven-Halle.
Por la noche veo ese rincón de la plaza como si todavía estuviera allí, respiro los olores mixtos que exhalaban los negocios iluminados, olores grasos; y veo las luces encendidas delante de la vidriera del señor Herbst, que está en el umbral de su negocio con las piernas abiertas y las manos en los bolsillos. Me ve pasar, inclina la cabeza y me augura, con la especial cantinela del dialecto renano:
-¡Gute Nacht, Herr Doktor!
Han pasado más de veinte años. Por lo menos el señor Herbst tenía entonces cincuenta y ocho años. Y bien, tal vez esté muerto ahora. Pero habrá muerto para sí, no para mí, les ruego que me crean. Y es inútil, realmente inútil que me digan que estuvieron hace poco en Bonn sobre el Rhin y que en la esquina de la Marktplatz junto a la
Beethoven-Halle no encontraron trazas ni del señor Herbst ni de su tienda de sombreros. ¿Qué encontraron en cambio? Otra realidad ¿Verdad? ¿Y creen que esa realidad es más verdadera que la que dejé hace veinte años? Vuelva a pasar, querido señor, de aquí a veinte años y verá qué queda de lo que usted mismo dejó.
¿Qué realidad? Pero, ¿creen quizá que la mía de hace veinte años, con el señor Herbst sobre el umbral de su tienda, las piernas abiertas y las manos en los bolsillos, es la misma que tenía de sí y de su tienda y de la plaza del mercado él, el señor Herbst?
¡Pero quieé sabe como se veía a sí mismo, a su tienda y a esa plaza el señor Herbst!
No, no, queridos señores: aquella era una realidad mía, únicamente mía, que no puede cambiar ni morir mientras yo viva y que podrá también vivir eternamente, si yo tengo la capacidad de eternizarla en alguna página o, por lo menos, durante otros cien millones de años, según los cálculos que acaban de hacer en América sobre la duración de la tierra.
Ahora, si el señor Herbst ha muerto es algo para mí tan lejano como los tantos muertos que voy a acompañar al cementerio y que se van también, por su cuenta, mucho más lejos, quién sabe adónde. Su realidad se ha desvanecido; ¿Pero cuál? La que ellos se daban a sí mismos. ¿Y qué podía saber yo de su realidad? ¿Qué saben ustedes? Yo sé la que les daba por mi cuenta. Ilusión, tanto la mía como la de ellos.
Pero si ellos, pobres muertos, se desilusionaron por completo de sí mismos, mi ilusión todavía vive y es tan fuerte que yo, repito, luego de haberlos acompañados al cementerio, los veo regresar, a todos, tal como eran: despacito, fuera del ataúd, junto a mí.
-Pero, ¿Por qué -ustedes dirán- no regresan a sus casas en vez de ir a la mía?
¡Qué bien! porque no tienen una realidad para sí que les permita ir adonde les da la gana. La realidad ya no es para ellos. Y como ahora la tienen por mí, forzosamente tienen que venir a mi casa.
Pobres pensionistas de la memoria, su desilusión me aflije indeciblemente.
Al principio, es decir, apenas terminada la última representación (quiero decir, luego del cortejo fúnebre), cuando salen del féretro para regresar conmigo a pie del cementerio, tienen cierta gallarda vivacidad desdeñosa, como de quien se ha sacudido con poco honor, es cierto, y a costa de perderlo todo, un gran peso de encima. De todos modos, aunque quedaron en las peores condiciones, quieren respirar. ¡Ah sí!, por lo menos un buen respiro de alivio. Tantas horas allí, inmóviles, empaladados sobre una cama, haciéndose los muertos... Quieren desentumecerse: giran y vuelven a girar el cuello, levantan ya un hombro, ya el otro, estiran, tuercen, sacuden los brazos; quieren mover las piernas expeditamente y también me dejan algunos pasos atrás. Pero tampoco pueden alejarse mucho. Saben perfectamente que están ligados a mí, que ahora sólo en mí tendrán su realidad, o ilusión de vida, que es realmente lo mismo.
Otros -parientes, algún amigo- lloran, los lamentan, recuerdan este o aquel pasaje, sufren por su pérdida; pero ese llanto, ese lamento, ese recuerdo, ese sufrimiento son para una realidad que fue, que ellos creen desvanecida con el muerto, porque nunca reflexionaron sobre el valor de esa realidad.
Todo es para ellos estar o no estar en un cuerpo.
Para consolarse les bastaría creer que este cuerpo ya no está, no porque esté bajo tierra, sino porque ha partido de viaje y quién sabe cuándo regresará.
Vamos, dejen todo como estaba: la habitación lista para su retorno, el lecho preparado, con el cubrecama un poco abierto y el camisón extendido, la candela y la caja de cerillas sobre la cómoda, las pantuflas delante del sillón, al pie de la cama.
-Partió. Regresará.
Bastaría con esto. Los consolaría. ¿Por qué? Porque ustedes dan una realidad en sí a ese cuerpo, que en cambio, en sí no tiene ninguna. Tan así es que -muerto- se disgrega, se desvanece.
-Ah, claro -exclaman ustedes ahora-, ¡muerto! Tú dices que, muerto, se disgrega; pero cuando estaba vivo ¡tenía una realidad!
Queridos míos, ¿volvemos a empezar? Pero sí, esa realidad que él se daba y que ustedes le daban. ¿Y no probamos que era una ilusión? La realidad que él se daba ustedes no la conocen, no pueden conocerla porque estaba fuera de ustedes; ustedes saben la que ustedes le daban. ¿Y no podemos dársela todavía sin ver el cuerpo? ¡Pues sí!, tan cierto es que se consolarían de inmediato si pudieran creer que ha partido de viaje. ¿Dicen que no? ¿Y no siguieron dándosela tantas veces, sabiendo que realmente había salido de viaje? ¿y no es tal vez la misma que yo desde lejos le doy al señor Herbst, que no sé si está vivo o muerto?
¡Vamos, vamos!, ¿saben por qué lloran, en cambio? Por otra razón lloran, queridos míos, que no suponen ni remotamente. Ustedes lloran porque el muerto, él, ya no puede darles a ustedes una realidad. Les dan miedo sus ojos cerrados, que ya no pueden verles; esas manos gélidas que ya no pueden tocarles. No pueden darse paz por su absoluta insensibilidad. Precisamente porque él, el muerto, nos les siente mas. Lo que significa que con él cayó, para la ilusión de ustedes, un sostén, un alivio: la reciprocidad de la ilusión.
Cuando él salía de viaje, ustedes, su mujer, decían:
-Si él desde lejos me piensa, yo estoy viva para él.
Y esto los sostenía y los confortaba. Ahora que ha muerto ya no dicen:
-¡Yo ya no estoy viva para él!
Dicen en cambio:
-Él ya no está vivo para mí.
¡Pero claro que él está vivo para ustedes! Vivo en la medida en que puede estar vivo, es decir, por esa parte de realidad que le dieron. La verdad es que ustedes siempre le dieron una realidad muy lábil, una realidad toda hecha por ustedes, por la ilusión de sus vidas y nada o muy poco por la de él.
Por eso los muertos vienen conmigo ahora. Y conmigo -pobres pensionistas de la memoria- amargamente razonan sobre las vanas ilusiones de la vida, de las que se han desilusionado por completo, de las que yo todavía no puedo desilusionarme del todo, aunque como ellos las reconozca vanas.
Dicen (lo cual es improbable) que la historia fue referida por Eduardo, el menor de los Nelson, en el velorio de Cristián, el mayor, que falleció de muerte natural, hacia mil ochocientos noventa y tantos, en el partido de Morón. Lo cierto es que alguien la oyó de alguien, en el decurso de esa larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió a Santiago Dabove, por quien la supe. Años después, volvieron a contármela en Turdera, donde había acontecido. La segunda versión, algo más prolija, confirmaba en suma la de Santiago, con las pequeñas variaciones y divergencias que son del caso. La escribo ahora porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de los orilleros antiguos. Lo haré con probidad, pero ya preveo que cederé a la tentación literaria de acentuar o agregar algún pormenor.
En Turdera los llamaban los Nilsen. El párroco me dijo que su predecesor recordaba, no sin sorpresa, haber visto en la casa de esa gente una gastada Biblia de tapas negras, con caracteres góticos; en las últimas páginas entrevió nombres y fechas manuscritas. Era el único libro que había en la casa. La azarosa crónica de los Nilsen, perdida como todo se perderá. El caserón, que ya no existe, era de ladrillo sin revocar; desde el zaguán se divisaban un patio de baldosa colorada y otro de tierra. Pocos, por lo demás, entraron ahí; los Nilsen defendían su soledad. En las habitaciones desmanteladas dormían en catres; sus lujos eran el caballo, el apero, la daga de hojas corta, el atuendo rumboso de los sábados y el alcohol pendenciero. Sé que eran altos, de melena rojiza. Dinamarca o Irlanda, de las que nunca oirían hablar, andaban por la sangre de esos dos criollos. El barrio los temía a los Colorados; no es imposible que debieran alguna muerte. Hombro a hombro pelearon una vez a la policía. Se dice que el menor tuvo un altercado con Juan Iberra, en el que no llevó la peor parte, lo cual, según los entendidos, es mucho. Fueron troperos, cuarteadores, cuatreros y alguna vez tahúres. Tenían fama de avaros, salvo cuando la bebida y el juego los volvían generosos. De sus deudos nada se sabe y ni de dónde vinieron. Eran dueños de una carreta y una yunta de bueyes.
Físicamente diferían del compadraje que dio su apodo forajido a la Costa Brava. Esto, y lo que ignoramos, ayuda a comprender lo unidos que fueron. Malquistarse con uno era contar con dos enemigos.
Los Nilsen eran calaveras, pero sus episodios amorosos habían sido hasta entonces de zaguán o de casa mala. No faltaron, pues, comentarios cuando Cristián llevó a vivir con él a Juliana Burgos. Es verdad que ganaba así una sirvienta, pero no es menos cierto que la colmó de horrendas baratijas y que la lucía en las fiestas. En las pobres fiestas de conventillo, donde la quebrada y el corte estaban prohibidos y donde se bailaba, todavía, con mucha luz. Juliana era de tez morena y de ojos rasgados; bastaba que alguien la mirara, para que se sonriera. En un barrio modesto, donde el trabajo y el descuido gastan a las mujeres, no era mal parecida.
Eduardo los acompañaba al principio. Después emprendió un viaje a Arrecifes por no sé qué negocio; a su vuelta llevó a la casa una muchacha, que había levantado por el camino, y a los pocos días la echó. Se hizo más hosco; se emborrachaba solo en el almacén y no se daba con nadie. Estaba enamorado de la mujer de Cristián. El barrio, que tal vez lo supo antes que él, previó con alevosa alegría la rivalidad latente de los hermanos.
Una noche, al volver tarde de la esquina, Eduardo vio el oscuro de Cristián atado al palenque En el patio, el mayor estaba esperándolo con sus mejores pilchas. La mujer iba y venía con el mate en la mano. Cristián le dijo a Eduardo:
-Yo me voy a una farra en lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala.
El tono era entre mandón y cordial. Eduardo se quedó un tiempo mirándolo; no sabía qué hacer. Cristián se levantó, se despidió de Eduardo, no de Juliana, que era una cosa, montó a caballo y se fue al trote, sin apuro.
Desde aquella noche la compartieron. Nadie sabrá los pormenores de esa sórdida unión, que ultrajaba las decencias del arrabal. El arreglo anduvo bien por unas semanas, pero no podía durar. Entre ellos, los hermanos no pronunciaban el nombre de Juliana, ni siquiera para llamarla, pero buscaban, y encontraban razones para no estar de acuerdo. Discutían la venta de unos cueros, pero lo que discutían era otra cosa. Cristián solía alzar la voz y Eduardo callaba. Sin saberlo, estaban celándose. En el duro suburbio, un hombre no decía, ni se decía, que una mujer pudiera importarle, más allá del deseo y la posesión, pero los dos estaban enamorados. Esto, de algún modo, los humillaba.
Una tarde, en la plaza de Lomas, Eduardo se cruzó con Juan Iberra, que lo felicitó por ese primor que se había agenciado. Fue entonces, creo, que Eduardo lo injurió. Nadie, delante de él, iba a hacer burla de Cristián.
La mujer atendía a los dos con sumisión bestial; pero no podía ocultar alguna preferencia por el menor, que no había rechazado la participación, pero que no la había dispuesto.
Un día, le mandaron a la Juliana que sacara dos sillas al primer patio y que no apareciera por ahí, porque tenían que hablar. Ella esperaba un diálogo largo y se acostó a dormir la siesta, pero al rato la recordaron. Le hicieron llenar una bolsa con todo lo que tenía, sin olvidar el rosario de vidrio y la crucecita que le había dejado su madre. Sin explicarle nada la subieron a la carreta y emprendieron un silencioso y tedioso viaje. Había llovido; los caminos estaban muy pesados y serían las once de la noche cuando llegaron a Morón. Ahí la vendieron a la patrona del prostíbulo. El trato ya estaba hecho; Cristián cobró la suma y la dividió después con el otro.
En Turdera, los Nilsen, perdidos hasta entonces en la mañana (que también era una rutina) de aquel monstruoso amor, quisieron reanudar su antigua vida de hombres entre hombres. Volvieron a las trucadas, al reñidero, a las juergas casuales. Acaso, alguna vez, se creyeron salvados, pero solían incurrir, cada cual por su lado, en injustificadas o harto justificadas ausencias. Poco antes de fin de año el menor dijo que tenía que hacer en la Capital. Cristián se fue a Morón; en el palenque de la casa que sabemos reconoció al overo de Eduardo. Entró; adentro estaba el otro, esperando turno. Parece que Cristián le dijo:
-De seguir así, los vamos a cansar a los pingos. Más vale que la tengamos a mano.
Habló con la patrona, sacó unas monedas del tirador y se la llevaron. La Juliana iba con Cristián; Eduardo espoleó al overo para no verlos.
Volvieron a lo que ya se ha dicho. La infame solución había fracasado; los dos habían cedido a la tentación de hacer trampa. Caín andaba por ahí, pero el cariño entre los Nilsen era muy grande -¡quién sabe qué rigores y qué peligros habían compartido!- y prefirieron desahogar su exasperación con ajenos. Con un desconocido, con los perros, con la Juliana, que habían traído la discordia.
El mes de marzo estaba por concluir y el calor no cejaba. Un domingo (los domingos la gente suele recogerse temprano) Eduardo, que volvía del almacén, vio que Cristián uncía los bueyes. Cristián le dijo:
-Vení, tenemos que dejar unos cueros en lo del Pardo; ya los cargué; aprovechemos la fresca.
El comercio del Pardo quedaba, creo, más al Sur; tomaron por el Camino de las Tropas; después, por un desvío. El campo iba agrandándose con la noche.
Orillaron un pajonal; Cristián tiró el cigarro que había encendido y dijo sin apuro:
-A trabajar, hermano. Después nos ayudarán los caranchos. Hoy la maté. Que se quede aquí con su pilchas, ya no hará más perjuicios.
Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro círculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla.
―Calle Ochenta y Uno… Dejen bajar, por favor -gritó el pastor de azul.
Un rebaño de ciudadanos salió forcejeando y otro subió forcejeando a su vez. ¡Ding, ding! Los vagones de ganado del Tren Aéreo de Manhattan se alejaron traqueteando, y John Perkins bajó a la deriva por la escalera de la estación, con el resto de las ovejas.
John se encaminó lentamente hacia su apartamento. Lentamente, porque en el vocabulario de su vida cotidiana no existía la palabra “quizás”. A un hombre que está casado desde hace dos años y que vive en un departamento no lo esperan sorpresas. Al caminar, John Perkins se profetizaba con lúgubre y abatido cinismo las previstas conclusiones de la monótona jornada.
Katy lo recibiría en la puerta con un beso que tendría sabor a cold cream y a dulce con mantequilla.
Se quitaría el saco, se sentaría sobre un viejo sofá y leería en el vespertino crónicas sobre los rusos y los japoneses asesinados por la mortífera linotipo. La cena comprendería un asado, una ensalada condimentada con un aderezo que se garantizaba no agrietaba ni dañaba el cuero, guiso de ruibarbo y el frasco con mermelada de fresas que se sonrojaba ante el certificado de pureza química que ostentaba su rótulo. Después de la cena, Katy le mostraría el nuevo añadido al cobertor de retazos multicolores que le había regalado el repartidor de hielo, arrancándolo de la manta de su coche. A las siete y media ambos extenderían periódicos sobre los muebles para recoger los fragmentos de yeso que caían cuando el gordo del piso de arriba iniciaba sus ejercicios de cultura física. A las ocho en punto, Hickey y Mooney, los integrantes de la pareja de varietés (sin contrato) que vivían del otro lado del pasillo, se rendirían a la dulce influencia del delírium trémens y empezarían a derribar sillas, con el espejismo de que Hammerstein los perseguía con un contrato de quinientos dólares semanales. Luego, el caballero que se sentaba junto a la ventana, del otro lado de la escalera, sacaría a relucir su flauta; el escape de gas nocturno huiría para hacer sus travesuras en los caminos; el ascensor se saldría de su cable; el conserje volvería a llevar a los cinco hijos de la señora Janowitski a través del Yalu; la dama de los zapatos color champaña y del terrier Skye bajaría a tropezones la escalera y pegaría su nombre del jueves sobre su timbre y su buzón… y la rutina nocturna de los apartamentos Frogmore se pondría en marcha nuevamente.
John Perkins sabía que esas cosas sucederían. Y también sabía que a las ocho y cuarto apelaría a su coraje y tendería la mano hacia su sombrero, y su esposa le diría, con tono quejumbroso:
—Bueno… ¿Adónde vas, John Perkins, puede saberse?
—Creo que le haré una visita al café de MacCloskey -contestaría él-. Y que jugaré un par de partiditas de billar con los muchachos.
En los últimos tiempos, ésa era la costumbre de John Perkins. Volvía a las diez o a las once. A veces, Katy dormía; a veces, lo esperaba, pronta a seguir fundiendo en el crisol de su ira el baño de oro de las labradas cadenas de acero del matrimonio. Por esas cosas, Cupido habrá de responder cuando comparezca ante el sitial de la justicia con sus víctimas de los apartamentos Frogmore.
Esa noche, al llegar a su puerta, John Perkins se encontró con un tremendo cambio en la rutina diaria. Ninguna Katy lo esperaba allí con su afectuoso beso de repostería.
En las tres habitaciones parecía reinar un prodigioso desorden. Por todas partes se veían dispersas las cosas de Katy. Zapatos en el centro de la alcoba, tenacillas de rizar, cintas para el cabello, kimonos, una polvera, todo tirado en franco caos sobre el tocador y las sillas… Aquello no era propio de Katy. Con el corazón oprimido, John vio el peine, con una enroscada nube de cabellos castaños de Katy entre los dientes. Una insólita prisa y nerviosismo debía haber hostigado a su mujer, porque Katy depositaba siempre cuidadosamente aquellos rastros de su peinado en el pequeño jarrón azul de la repisa de la chimenea, para formar algún día el codiciado “postizo” femenino.
Del pico de gas pendía en forma visible un papel doblado. John lo desprendió. Era una carta de su esposa, con estas palabras:
Querido John:
Acabo de recibir un telegrama en que me dicen que mamá está enferma de gravedad. Voy a coger el tren de las 4.30. Mi hermano Sam me esperará en la estación de destino. En la heladera hay carnero frío. Confío en que no será nuevamente su angina. Págale cincuenta centavos al lechero. Mamá tuvo una seria angina en la primavera última. No te olvides de escribirle a la compañía sobre el medidor del gas y tus calcetines buenos están en la gaveta de arriba. Te escribiré mañana.
Presurosamente,
KATY
Durante sus dos años de matrimonio, Katy y él no se habían separado una sola noche. John releyó varias veces la carta, estupefacto. Aquello destruía una rutina invariable y lo dejaba aturdido.
Allí, sobre el respaldo de la silla, colgaba, patéticamente vacía e informe, la bata roja de lunares negros que ella usaba siempre al preparar la comida. En su prisa, Katy había tirado su ropa por aquí y por allá. Una bolsita de papel de su azúcar con mantequilla favorita yacía con su bramante aun sin desatar. En el suelo estaba desplegado un periódico, bostezando rectangularmente desde el agujero donde recortaran un horario de trenes. Todo lo existente en la habitación hablaba de una pérdida, de una esencia desaparecida, de un alma y vida que se habían esfumado. John Perkins estaba parado entre esos restos sin vida y sentía una extraña desolación.
John comenzó a poner el mayor orden posible en las habitaciones. Cuando tocó los vestidos de Katy, experimentó algo así como un escalofrío de terror. Nunca había pensado en lo que sería la vida sin Katy. Su mujer se había adherido tan indisolublemente a su existencia que era como el aire que respiraba: necesaria pero casi inadvertida. Ahora, sin aviso previo, se había marchado, desaparecido; estaba tan ausente como si nunca hubiese existido. Desde luego, esto sólo duraría unos días, a lo sumo una semana o dos, pero a John le pareció que la mano misma de la muerte había apuntado un dedo hacia su seguro y apacible hogar.
John extrajo el trozo de carnero frío de la heladera, preparó el café y se sentó a cenar solo, frente al desvergonzado certificado de pureza de la mermelada de fresas. Entre las provisiones que sacara, aparecieron los fantasmas de unas carnes asadas y la ensalada con mostaza. Su hogar estaba desmantelado. Una suegra con angina había hecho saltar por los aires sus lares y penates. Después de su solitaria cena, John Perkins se sentó junto a una ventana.
No tenía ganas de fumar. Fuera, la ciudad bramaba invitándolo a plegarse a su danza de locura y placer. La noche estaba a su disposición. Podía andar por ahí sin que le hicieran preguntas y pulsar las cuerdas de la parranda con tanta libertad como cualquier soltero. Podía divertirse y vagabundear y corretear por ahí hasta el alba si se le antojaba: y no lo esperaría ninguna airada Katy, con el cáliz que contenía las heces de su alegría. Si quería, podía jugar al billar en el café de McCloskey con sus jactanciosos amigos hasta que la aurora empacara las luces eléctricas. El yugo del himeneo, que lo doblegara siempre en los apartamentos Frogmore, se haría relajado. Katy no estaba.
John Perkins no estaba habituado a analizar sus sentimientos. Pero ahora, sentado en su sala de recibo de 3 X 4, privado de la presencia de Katy, acertó inequívocamente con la clave de su desconsuelo. Ahora sabía que Katy era necesaria para su felicidad. Los sentimientos que le inspiraba su mujer, adormecidos hasta la inconsciencia por el monótono carrusel de la vida doméstica, habían sido conmovidos violentamente por la pérdida de su presencia. ¿Acaso no nos han inculcado el proverbio, el sermón y la fábula la idea de que nunca apreciamos la música hasta que el pájaro de la dulce voz ha volado… u otras manifestaciones no menos floridas y auténticas?
“Me porto con Katy de una manera pérfida -meditó Perkins-. Todas las noches me voy a jugar al billar y a perder el tiempo con los muchachos, en vez de quedarme en casa con ella. ¡La pobre está aquí sola y aburrida, y yo obro así! John Perkins, eres un cochino. Tengo que compensarle a Katy todo el mal que le he hecho. La llevaré de paseo para que se divierta un poco. Y doy por terminadas mis relaciones con la pandilla del McCloskey desde este mismo momento.”
Sí; fuera, la ciudad bramaba, llamándolo a bailar en el séquito de Momo. Y en el café de McCloskey, los muchachos hacían caer las bolas de billar en las troneras, matando el tiempo hasta la partida de casino de la noche. Pero ninguna carambola elegante y ningún chasquido de taco podían regocijar el alma henchida de remordimientos de Perkins, el abandonado. Aquello que era suyo, aquello que asía con mano poco firme y desdeñaba a medias, le había sido arrebatado y él lo quería. Perkins, el de los remordimientos, podía rastrear su genealogía remontándose hasta un hombre llamado Adán, a quien el querubín desalojara del jardín.
Al alcance de la mano derecha de John Perkins, había una silla. Sobre su respaldo pendía una blusa de Katy, que conservaba todavía algo de su contorno. En el centro de sus mangas, se veían las finas arrugas causadas por los movimientos de sus brazos al trabajar por la comodidad y el placer de su marido. Brotaba de la blusa una delicada pero dominadora fragancia a camándulas. John la tomó y miró larga y seriamente la silenciosa tela. Katy nunca había dejado de responderle. Las lágrimas, sí, las lágrimas asomaron a los ojos de John Perkins. Cuando Katy volviera, las cosas cambiarían. Él la compensaría por todo su abandono. ¿Qué era la vida sin ella?
La puerta se abrió y Katy entró con una pequeña maleta. John la miró, estúpidamente.
―¡Caramba! -dijo Katy-. Me alegro de haber vuelto. La enfermedad de mamá no tenía importancia. Sam me esperaba en la estación y dijo que aquello sólo había sido un leve acceso y que mamá se había repuesto a poco de telegrafiarme él. De modo que tomé el primer tren de regreso. Me estoy muriendo por una taza de café.
Nadie oyó el rechinar de los engranajes cuando el número 3 de los apartamentos Frogmore volvió al debido Orden de Cosas. Se deslizó una polea, tocaron un resorte, regularon una palanca y los engranajes recomenzaron a girar en su vieja órbita.
John Perkins miró su reloj. Eran las 8:15. Tendió la mano hacia su sombrero y se encaminó hacia la puerta.
―Vamos… ¿Adónde vas, John Perkins, puede saberse? -preguntó Katy, con tono quejumbroso.
―Creo que haré una escapada al café de McCloskey a jugar unas partiditas con los muchachos -dijo John.
Dirá usted que de dónde tanta confiancita, que de cuál fumó esta cigarrera tan vieja y tan habladora, pero es que le quería pedir algo un poco especial, cómo le diré, un favor extraño, y como no me gustan los malentendidos prefiero empezar desde el principio ¿no?, ponerlo en antecedentes. Usted tiene cara de buena persona, por eso me animé a molestarlo, no crea que a cualquiera le cuento mi vida, sólo a gentes con educación, con experiencia, que se vea que entienden las cosas del sentimiento.
Le decía pues que recién llegada de Pinotepa trabajé aquí en El Sarape, de esto hará veintitantos años, cuando el cabaret era otra cosa. Teníamos un show de calidad, ensayábamos nuestras coreografías, no como ahora que las chicas salen a desnudarse como Dios les da a entender. Mire, no es por agraviar a las jóvenes pero antes había más respeto al público, más cariño por la profesión. Claro que también la clientela era diferente, venían turistas de todo el mundo, suizos, franceses, ingleses, así daba gusto salir a la pista. Yo entiendo a las muchachas de ahora, no crea. ¿Para qué le van a dar margaritas a los puercos? Los de Acapulco todavía se comportan, pero llega cada chilango que dan ganas de sacarlo a patadas, oiga, nomás vienen a la zona a molestar a las artistas, a gritarles de chingaderas, y lo peor es que a la mera hora no se van con ninguna, yo francamente no sé a qué vienen.
Pues bueno, aquí donde me ve tenía un cuerpazo. Empecé haciendo un número afroantillano, ya sabe, menear las caderas y revolcarme en el suelo como lagartija, zangoloteándome toda, un poco al estilo de Tongolele pero más salvaje. Tenía mucho éxito, no es por nada pero merecía cerrar la variedad, yo me daba cuenta porque los hombres veían mi show en silencio, atarantados de calentura, en cambio a Berenice, la dizque estrella del espectáculo, cada vez que se quitaba una prenda le gritaban mamacita, bizcocho, te pongo casa, o sea que los ponía nerviosos por falta de recursos, y es que la pobre no sabía moverse, muy blanca de su piel y muy platinada pero de arte, cero.
Fue por envidia suya que me obligaron a cambiar el número. No aguantó que yo le hiciera sombra. Según don Sabás, un gordo que administraba el cabaret pero no era el dueño, el dueño era el amante de Berenice, por algo sé de dónde vino la intriga, según ese pinche barrigón, que en paz descanse, mi número no gustaba. ¡Hágame usted el favor! Para qué le cuento cómo me sentí. Estaba negra. Eso te sacas por profesional, pensé, por tener alma de artista y no alma de puta. Ganas no me faltaron de gritarle su precio a Sabás y a todo el mundo, pero encendí un cigarro y dije cálmate, no hagas un escándalo que te cierre las puertas del medio, primero escucha lo que te propone el gordo y si no va contra tu dignidad, acéptalo.
Me propuso actuar de pareja con un bailarín, fingir que hacíamos el acto sexual en el escenario, ve que ahora ese show lo dan dondequiera pero entonces era novedad, él acababa de verlo en Tijuana y le parecía un tiro. La idea no me hizo mucha gracia, para qué le voy a mentir, era como bajar de la danza a la pornografía, pero me discipliné porque lo que más me importaba era darle una lección a la Berenice ¿no?, chigármela en su propio terreno, que viera que yo no sólo para las maromas servía. En los ensayos me pusieron de pareja a un bailarín muy guapo, Eleazar creo se llamaba, lo escogieron a propósito porque de todos los del Sarape era el menos afeminado, tenía espaldotas de lanchero, mostacho, cejas a la Pedro Armendáriz. Lástima de hombrón. El pobre no me daba el ancho, nunca nos compenetramos. Era demasiado frío, sentía que me agarraba con pinzas, como si me tuviera miedo, y yo necesitaba entrar un poco en papel para proyectar placer en el escenario ¿no? Bueno, pues gracias a Dios la noche del debut Eleazar no se presentó en el Sarape. El día anterior se fue con un gringo que le puso un pent-house en Los Angeles, el cabrón tenía matrimonio en puerta, por algo no se concentraba. Nos fuimos a enterar cuando ya era imposible cancelar el show, así que me mandaron a la guerra con un suplente, Gamaliel, que más o menos sabía cómo iba la cosa por haber visto los ensayos pero era una loca de lo más quebrada, toda una dama, se lo juro. Sabás le hacía la broma de aventarle unas llaves porque siempre se le caían, y para levantarlas se agachaba como si trajera falda, pasándose una mano por las nalgas, muy modosito él. Por suerte se me prendió el foco y pensé, bueno, en vez de hacer lo que tenías ensayado mejor improvisa, no te sometas al recio manejo del hombre ahora que ni hombre hay, haz como si el hombre fuera tú y la sedujeras a esta loca.
Santo remedio. Gamaliel empezó un poco destanteado, yo le restregaba los pechos en la cara y él haga de cuenta que se le venía el mundo encima, no hallaba de dónde agarrarme, pero apenas empecé a fajármelo despacito, maternalmente, apenas le di confianza y me puse a jugar con él como su amiga cariñosa, fui notando que se relajaba y hasta se divertía con el manoseo, tanto que a medio show él tomo la iniciativa y se puso a dizque penetrarme con mucho estilo, siguiendo con la pelvis la cadencia del mambo en sax mientras yo lo estimulaba con suaves movimientos de gata. Estaba Gamaliel metido entre mis piernas, yo le rascaba la espalda con las uñas de los pies y de pronto sentí que algo duro tocaba mi sexo como queriendo entrar a la fuerza. Vi a Gamaliel con otra cara, con cara de no reconocerse a sí mismo, y entonces la vanidad de mujer se me subió a la cabeza, me creí domadora de jotos o no sé qué y empecé a sentirme de veras lujuriosa, de veras lesbiana, mordí a Gamaliel en una oreja, le saqué sangre y si no se acaba la música por Dios que nos ponemos a darle de verdad enfrente de todo el mundo.
Nos ovacionaron como cinco minutos, lo recuerdo muy bien porque al salir la tercera vez a recibir los aplausos Gamaliel me jaló del brazo para meterme por la cortina y a tirones me llevó hasta mi camerino porque ya no se aguantaba las ganas. Tampoco yo, para ser sincera. Caímos en el sofá encima de mis trajes y ahí completamos lo que habíamos empezado en la pista pero esta vez llegando hasta el fin, desgarrándonos las mallas, oyendo todavía el aplauso que ahora parecía sonar dentro de nosotros como si toda la excitación del público se nos hubiera metido al cuerpo, como si nos corrieran aplausos por las venas.
Después Gamaliel estuvo sin hablarme no sé cuántos días, muerto de pena por el desfiguro. Hasta los meseros se habían dado cuenta de lo que hicimos y comenzaron a hacerle burla, no que te gustaba la coca cola hervida, chale, ya te salió lo bicicleto, lo molestaban tanto al pobre que yo le dije a Sabás oye, controla a tu gente, no quiero perder a mi pareja por culpa de estos mugrosos. En el escenario seguíamos acoplándonos de maravilla pero él ahora no se soltaba, tenía los ojos ausentes, la piel como entumida, guardaba las distancias para no pasarse de la raya y esa resistencia suya me alebrestaba el orgullo porque se lo confieso, Gamaliel me había gustado mucho en el camerino y a fuerzas quería llevármelo otra vez de trofeo pero qué esperanza, él seguía tan profesional, tan serio, tan en lo suyo que al cabo de un tiempo dije olvídalo, éste nada mas fue hombre de un día.
Cuál no sería mi sorpresa cuando a los dos meses o algo así de que habíamos debutado me lo encuentro a la salida del Sarape, ya de mañana, borracho y con una rosa de plástico en la mano, diciendo que me había esperado toda la noche porque ya no soportaba el martirio de quererme. Dicen que los artistas no se deben enamorar, pero yo al amor nunca le saqué la vuelta, quién sabe si por eso acabé tan jodida. Gamaliel se vino a vivir conmigo al cuarto que tenía en el hotel Oviedo. Aunque nos veíamos diario cada vez nos gustábamos más. Lo de hacer el amor después del show se nos hizo costumbre, a veces ni cerrábamos la puerta del camerino de tanta prisa. Y cuidado con oír aplausos en otra parte, yo no sé qué nos pasaba, con decirle que hasta viendo la televisión, cuando el locutor pedía un fuerte aplauso para Sonia López o Los Rufino, ya nomás con eso sentíamos hormigas en la carne. El amor iba muy bien pero al profesionalismo se lo llevó la trampa. Gamaliel resultó celoso. No le gustaba que fichara, me quería suya de tiempo completo. Para colmo se ofendía con los clientes que lo albureaban, y es que seguía siendo tan amanerado como antes y algunos borrachos le gritaban de cosas, que ese caldo no tiene chile, que las recojo a las dos, pinches culeros, apuesto que ni se les paraba, ninguno de ellos me hubiera cumplido como Gamaliel. Llegó el día en que no pudo con la rabia y se agarró a golpes con un pelirrojo de barbas que se lo traía de encargo. El pelirrojo era compadre del gobernador y amenazó con clausurar el Sarape. Sabás quiso correr a Gamaliel solo pero yo dije ni madres, hay que ser parejos, o nos quedamos juntos o nos largamos los dos.
Nos largamos los dos. En la zona de Acapulco ya no quisieron darnos trabajo, que por revoltosos. Fuimos a México y al poco rato de andar pidiendo chamba nos contrataron en El Club de los Artistas, que entonces era un sitio de catego. Por sugerencia del gerente modernizamos el show. Ahora nos llamábamos Adán y Eva y salíamos a escena con hojas de parra. El acompañamiento era bien acá. Empezaba con acordes de arpa, o sea, música del amor puro, inocente, pero cuando Gamaliel mordía la manzana que yo le daba se nos metía el demonio a los dos con el requintazo de Santana. Ganábamos buenos centavos porque aparte del sueldo nos pagaban por actuar en orgías de políticos. Se creían muy depravados pero daban risa. Mire, a mí esos tipos que se calientan a costa del sudor ajeno más bien me dan compasión, haga de cuenta que les daba limosna, sobras de mi placer. En cambio a Gamaliel no le gustaba que anduviéramos en el deprave. Ahora le había entrado el remordimiento, se ponía chípil por cualquier cosa. Es que no tenemos intimidad, me decía, estoy harto de que nos vean esos pendejos, a poco les gustaría que yo los viera con sus esposas.
Aprovechando que teníamos nuestros buenos ahorros decidimos retirarnos de la farándula. Gamaliel entró a trabajar de manicurista en una peluquería, yo cuidaba el departamento que teníamos en la Doctores y empezamos a hacer la vida normal de una pareja decente, comer en casa, ir al cine, acostarse temprano, domingos en La Marquesa, o sea, una vida triste y desgraciada. Triste y desgraciada porque al fin y al cabo la carne manda y ahora Gamaliel se había quedado impotente, me hacía el amor una vez cada mil años, malhumorado, como a la fuerza ¿y sabe por qué? Porque le faltaba público, extrañaba el aplauso que es el alimento del artista. Será por la famosa intuición femenina pero yo enseguida me di cuenta de lo que nos pasaba, en cambio Gamaliel no quería reconocerlo, él decía que ni loco de volver a subirse a un escenario, que de manicurista estaba muy a gusto, y pues yo a sufrir en la decencia como mujercita abnegada hasta que descubrí que Gamaliel había vuelto a su antigua querencia y andaba de resbaloso con los clientes de la peluquería.
Eso sí que no lo pude soportar. Le dije que o regresábamos al telón o cada quién jalaba por su lado. Se puso a echar espuma por la boca, nunca lo había visto tan furioso, empezó a morderse los puños, a gritarme que yo con qué derecho le quería gobernar la vida si a él las viejas ni le gustaban, pinches viejas. Pues entonces por qué me regalaste la rosa de plástico, le reclamé, por qué te fuiste a vivir conmigo, hijo de la chingada. Con eso lo ablandé. Poco a poco se le fue pasando el coraje, luego se soltó a chillar y acabó pidiéndome perdón de rodillas, como en las películas, jurando que nunca me dejaría, ni aunque termináramos en el último congal del infierno.
Como en la capital ya estábamos muy vistos fuimos a recorrer la zona petrolera, Coatzacualcos, Reynosa, Poza Rica, ve que por allá la gente se gasta el dinero bien y bonito. Los primeros años ganamos harta lana. El problema fue que Gamaliel empezó a meterle en serio a la bebida. Se le notaba lo borracho en el show, a veces no podía cargarme o se iba tambaleando contra las mesas. El público lógicamente protestaba y yo a la greña con los empresarios que me pedían cambiarlo por otro bailarín. Una vez en Tuxpan armamos el escándalo del siglo. Yo esa noche también traía mis copas y nunca supe bien qué pasó, de plano se nos olvidó la gente, creíamos que ya estábamos en el camerino cogiendo muy quitados de la pena cuando en eso se trepan a la pista unos tipos malencarados que me querían violar, yo también quiero, mamita, dame chance, gritaban con la cosa fuera. Tras ellos se dejó venir la policía dando macanazos, madres, a mí me tocó uno, mire la cicatriz aquí en la ceja, se armó una bronca de todos contra todos, no sé a quién le clavaron un picahielo y acabamos Adán y Eva en una cárcel que parecía gallinero, sepárenlos, decía el sargento, a esos dos no me los pongan juntos que son como perros en celo.
Ahí empezó nuestra decadencia. Los dueños de centros nocturnos son una mafia, todos se conocen y cuando hay un desmadre como ése luego luego se pasan la información. Ya en ningún lado nos querían contratar, nomás en esos jacalones de las ciudades perdidas que trabajan sin permiso. Además de peligroso era humillante actuar ahí, sobre todo después de haber triunfado en sitios de categoría. En piso de tierra nuestro show se acorrientaba y encima yo acababa llena de raspones. Intentamos otra vez el retiro pero no se pudo, el arte se lleva en la sangre y a esas alturas ya estábamos empantanados en el vicio de que nos aplaudieran. Cuando pedíamos trabajo se notaba que le teníamos demasiado amor a las candilejas, íbamos de a tiro como limosneros, dispuestos a aceptar sueldos de hambre, dos o tres mil pesos por noche, y eso de perder la dignidad es lo peor que le puede pasar a un artista. Luego agréguele que la mala vida nos había desfigurado los cuerpos. Andábamos por los cuarenta, Gamaliel había echado panza, yo no podía con la celulitis, un desastre, pues. De buena fe nos decían que por qué no cantábamos en vez de seguir culeando. Tenían razón, pero ni modo de confesarles que sin público nada de nada.
Para no hacer el cuento largo acabamos trabajando gratis. De exhibicionistas nadie nos bajaba. Por lástima, en algunas piqueras de mala suerte nos dejaban salir un rato al principio de la variedad, y eso cuando había poca gente. Nos ganábamos la vida vendiendo telas, joyas de fantasía, relojes que llevábamos de pueblo en pueblo. Así anduvimos no sé cuánto tiempo hasta que un día dijimos bueno, para qué trajinamos tanto si en Acapulco tenemos amigos, vámonos a vivir allá, y aquí nos tiene desde hace tres años, a Dios gracias con buena salud, trabajando para Berenice que ahora es la dueña del Sarape, mírela en la caja cómo cuenta sus millones la pinche vieja. Gamaliel es el señor que recoge los tacones a las vedettes, ¿ya lo vio?, el canoso de la cortina. Guapo ¿verdad? Tiene cincuenta y cuatro pero parece de cuarenta, o será que yo lo veo con ojos de amor. ¿A poco no es bonito querer así? No hace falta que me dé la razón, a leguas se ve que usted sí comprende, por eso le quería contar mi vida, para ver si es tan amable de hacerme un favorcito. Ahí en el pasillo, detrás de las cajas de refresco, tenemos nuestro cuarto Gamaliel y yo. Tenga, es todo lo que traigo, acéptemelo por caridad, ya sé que no es mucho pero tampoco le voy a pedir un sacrificio. Nomás que nos mire, y si se puede, aplauda.
Hace mucho tiempo que circula este tren, caballero, mucho tiempo. Ha de saber, por cierto, que no puede usted permanecer en mi plataforma. ¿Cómo es que no viene acompañado de un responsable de locomotoras? El reglamento es taxativo en ese punto, como en todos los demás; de otro modo, no tendría razón de ser. Insisto. Usted, que es completamente ajeno a los ferrocarriles, créame que no puede permanecer sobre una locomotora en marcha sin tener a su lado a alguien que se responsabilice, alguien de rango superior. Para empezar, ¿cómo ha llegado hasta aquí? Ah, ¿no lo sabe? Es verdad que desde que partió este tren todo ha cambiado tanto… En todo caso, no puede usted bajarse en marcha, ni usted ni nosotros ni nadie. Hoy día pasan cosas muy raras, me dará la razón, y eso que hace treinta años que soy del oficio.
No es nada, es el timbre de la alarma. Al principio me preocupaba, pero a todo se acostumbra uno. Ya parará. Antes no paraba nunca. ¡Ya se imagina, cuando vieron que continuábamos rodando sin llegar a parte alguna! Luego tuvieron que resignarse. Yo no tengo la culpa, en todo caso, y han terminado por darse cuenta. Lo que pasa es que de vez en cuando vuelve a darles por ahí, pero ya no insisten mucho. A menos que se trate de una crisis, entonces estalla una especie de frenesí. Suena durante una hora seguida, con desesperación. Sí, con desesperación. Le extrañará, pero ya lo ve, también se acostumbra uno a los timbrazos de la alarma. Si uno conociera a los que están colgados al otro lado del hilo, acabaría por distinguirlos. Pues verá, me da la impresión, y me dirá usted que tan sólo es una idea y que de todas formas hay cosas que son imposibles, me da la impresión de que a veces son nuevos, de que en cuanto lo comprenden se ponen a darle al timbre a pesar de las advertencias de los demás, que les explican que no sirve de nada. Como bien dice, no es más que una idea. Porque igual que no se puede bajar, tampoco se puede subir, ¿verdad? ¡Ah! Lo ve, ya para.
No podemos ir en busca de noticias. No tenemos forma de abandonar la plataforma, eso está claro, ni yo ni el fogonero, y los demás no pueden venir, o no se atreven. No suele uno preocuparse mucho de lo que arrastra, sea un tren de lujo o vagones de cemento, pero he de decir que esta vez he pensado en el convoy más de lo que debería. Por otra parte, sólo puedo verlo en las curvas y no mucho al mismo tiempo. Y, además, ¿qué quiere usted que distinga en esta noche de nunca acabar que no parece tener fin? Antes me daba tiempo de verlos gesticular en las puertas, y los había incluso que iban agarrados a los estribos, pero cuando se acabó la electricidad las cosas volvieron a la normalidad. Si aún los hay que tratan de llamar la atención, ya no los veo. Aunque es como si los viera. Aparte de eso, todo marcha regularmente. Habrá alguien que se ocupe de la vía. Todo está en orden y no me he saltado ni una señal. No puedo decir que el paisaje me sea extraño, es como una llanura que atravesé en mi infancia y que continuamente vuelve a pasar. La cinta del velocímetro continúa funcionando, no se agota. Quien la verifique cuando lleguemos va a tener un trabajo de aúpa. Carbón parece que habrá de sobra. Se diría que crece, que cría. Si dejamos de quemarlo rueda sobre la plataforma, te llega primero a los tobillos y luego a las rodillas, es la peste. Antes lo tiraba al balastro, a paladas, pero reaparecía el doble. Lo mejor es quemarlo, para eso está hecho, ¿no? Es sólo que ya no hay frenos ni marcha atrás, y debo pedirle que crea que seguimos la ruta. Afortunadamente, la vía siempre está despejada y no hay estación que se interponga en nuestro camino. No he visto ni una desde que salimos. Otro tanto sucede con el agua.
Mi fogonero no parece mal tipo y no es ningún gandul, eso está claro. Pero no hay mucha complicidad entre nosotros. Es su primer viaje conmigo y tengo por principio no hablar con los nuevos fogoneros durante el primer viaje. Así puedo verlos venir. Además, bastante trabajo tiene con ese carbón que trata de ahogarnos o tirarnos abajo. Me pareció oír que se llamaba Edmond.
¿No vendrá usted del tren, por casualidad?
Vaya, se ha esfumado. Qué pasajero más raro. Me pregunto por dónde saldría el sol si un día le diera por amanecer. Parece que en América llevan un teléfono en las locomotoras que comunica por los raíles con las estaciones. Con un chisme así… En fin…
A fuerza de viajar sin parar, uno se cansa, aunque sea concienzudo. A fin de cuentas, ¿qué significa todo eso? Uno envejece, sí, y se cansa. Estoy tan cansado que si se agotara el carbón y tuviera el freno neumático donde corresponde, al alcance de la mano, y este tren se detuviera de una vez, me pregunto si me bajaría de la locomotora. ¿En qué país estaríamos? ¿Cómo volvería a casa? Después de tantas noches, ¿volvería a encontrar a los que dejé atrás, no para correr aventuras, sino para ejercer mi oficio? El fogonero puede hacer lo que le venga en gana. Yo no me apeo.