Entrada al azar

miércoles, 13 de noviembre de 2019

EL MAQUINISTA (Jean Ferry)


Hace mucho tiempo que circula este tren, caballero, mucho tiempo. Ha de saber, por cierto, que no puede usted permanecer en mi plataforma. ¿Cómo es que no viene acompañado de un responsable de locomotoras? El reglamento es taxativo en ese punto, como en todos los demás; de otro modo, no tendría razón de ser. Insisto. Usted, que es completamente ajeno a los ferrocarriles, créame que no puede permanecer sobre una locomotora en marcha sin tener a su lado a alguien que se responsabilice, alguien de rango superior. Para empezar, ¿cómo ha llegado hasta aquí? Ah, ¿no lo sabe? Es verdad que desde que partió este tren todo ha cambiado tanto… En todo caso, no puede usted bajarse en marcha, ni usted ni nosotros ni nadie. Hoy día pasan cosas muy raras, me dará la razón, y eso que hace treinta años que soy del oficio.

No es nada, es el timbre de la alarma. Al principio me preocupaba, pero a todo se acostumbra uno. Ya parará. Antes no paraba nunca. ¡Ya se imagina, cuando vieron que continuábamos rodando sin llegar a parte alguna! Luego tuvieron que resignarse. Yo no tengo la culpa, en todo caso, y han terminado por darse cuenta. Lo que pasa es que de vez en cuando vuelve a darles por ahí, pero ya no insisten mucho. A menos que se trate de una crisis, entonces estalla una especie de frenesí. Suena durante una hora seguida, con desesperación. Sí, con desesperación. Le extrañará, pero ya lo ve, también se acostumbra uno a los timbrazos de la alarma. Si uno conociera a los que están colgados al otro lado del hilo, acabaría por distinguirlos. Pues verá, me da la impresión, y me dirá usted que tan sólo es una idea y que de todas formas hay cosas que son imposibles, me da la impresión de que a veces son nuevos, de que en cuanto lo comprenden se ponen a darle al timbre a pesar de las advertencias de los demás, que les explican que no sirve de nada. Como bien dice, no es más que una idea. Porque igual que no se puede bajar, tampoco se puede subir, ¿verdad? ¡Ah! Lo ve, ya para.

No podemos ir en busca de noticias. No tenemos forma de abandonar la plataforma, eso está claro, ni yo ni el fogonero, y los demás no pueden venir, o no se atreven. No suele uno preocuparse mucho de lo que arrastra, sea un tren de lujo o vagones de cemento, pero he de decir que esta vez he pensado en el convoy más de lo que debería. Por otra parte, sólo puedo verlo en las curvas y no mucho al mismo tiempo. Y, además, ¿qué quiere usted que distinga en esta noche de nunca acabar que no parece tener fin? Antes me daba tiempo de verlos gesticular en las puertas, y los había incluso que iban agarrados a los estribos, pero cuando se acabó la electricidad las cosas volvieron a la normalidad. Si aún los hay que tratan de llamar la atención, ya no los veo. Aunque es como si los viera. Aparte de eso, todo marcha regularmente. Habrá alguien que se ocupe de la vía. Todo está en orden y no me he saltado ni una señal. No puedo decir que el paisaje me sea extraño, es como una llanura que atravesé en mi infancia y que continuamente vuelve a pasar. La cinta del velocímetro continúa funcionando, no se agota. Quien la verifique cuando lleguemos va a tener un trabajo de aúpa. Carbón parece que habrá de sobra. Se diría que crece, que cría. Si dejamos de quemarlo rueda sobre la plataforma, te llega primero a los tobillos y luego a las rodillas, es la peste. Antes lo tiraba al balastro, a paladas, pero reaparecía el doble. Lo mejor es quemarlo, para eso está hecho, ¿no? Es sólo que ya no hay frenos ni marcha atrás, y debo pedirle que crea que seguimos la ruta. Afortunadamente, la vía siempre está despejada y no hay estación que se interponga en nuestro camino. No he visto ni una desde que salimos. Otro tanto sucede con el agua.

Mi fogonero no parece mal tipo y no es ningún gandul, eso está claro. Pero no hay mucha complicidad entre nosotros. Es su primer viaje conmigo y tengo por principio no hablar con los nuevos fogoneros durante el primer viaje. Así puedo verlos venir. Además, bastante trabajo tiene con ese carbón que trata de ahogarnos o tirarnos abajo. Me pareció oír que se llamaba Edmond.

¿No vendrá usted del tren, por casualidad?

Vaya, se ha esfumado. Qué pasajero más raro. Me pregunto por dónde saldría el sol si un día le diera por amanecer. Parece que en América llevan un teléfono en las locomotoras que comunica por los raíles con las estaciones. Con un chisme así… En fin…

A fuerza de viajar sin parar, uno se cansa, aunque sea concienzudo. A fin de cuentas, ¿qué significa todo eso? Uno envejece, sí, y se cansa. Estoy tan cansado que si se agotara el carbón y tuviera el freno neumático donde corresponde, al alcance de la mano, y este tren se detuviera de una vez, me pregunto si me bajaría de la locomotora. ¿En qué país estaríamos? ¿Cómo volvería a casa? Después de tantas noches, ¿volvería a encontrar a los que dejé atrás, no para correr aventuras, sino para ejercer mi oficio? El fogonero puede hacer lo que le venga en gana. Yo no me apeo.



martes, 12 de noviembre de 2019

EL ÁNGEL DE LA MUERTE Y EL REY DE ISRAEL (Anónimo árabe)


Se cuenta de un rey de Israel que fue un tirano. Cierto día, mientras estaba sentado en el trono de su reino, vio que entraba un hombre por la puerta de palacio; tenía la pinta de un pordiosero y un semblante aterrador. Indignado por su aparición, asustado por el aspecto, el Rey se puso en pie de un salto y preguntó:
—¿Quién eres? ¿Quién te ha permitido entrar? ¿Quién te ha mandado venir a mi casa?
—Me lo ha mandado el Dueño de la casa. A mí no me anuncian los chambelanes ni necesito permiso para presentarme ante reyes ni me asusta la autoridad de los sultanes ni sus numerosos soldados. Yo soy aquél que no respeta a los tiranos. Nadie puede escapar a mi abrazo; soy el destructor de las dulzuras, el separador de los amigos.
El rey cayó por el suelo al oír estas palabras y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo, quedándose sin sentido. Al volver en sí, dijo:
—¡Tú eres el Ángel de la Muerte!
—Sí.
—¡Te ruego, por Dios, que me concedas el aplazamiento de un día tan sólo para que pueda pedir perdón por mis culpas, buscar la absolución de mi Señor y devolver a sus legítimos dueños las riquezas que encierra mi tesoro; así no tendré que pasar las angustias del juicio ni el dolor del castigo!
—¡Ay! ¡Ay! No tienes medio de hacerlo. ¿Cómo te he de conceder un día si los días de tu vida están contados, si tus respiros están inventariados, si tu plazo de vida está predeterminado y registrado?
—¡Concédeme una hora!
—La hora también está en la cuenta. Ha transcurrido mientras tú te mantenías en la ignorancia y no te dabas cuenta. Has terminado ya con tus respiros: sólo te queda uno.
—¿Quién estará conmigo mientras sea llevado a la tumba?
—Únicamente tus obras.
—¡No tengo buenas obras!
—Pues entonces, no cabe duda de que tu morada estará en el fuego, de que en el porvenir te espera la cólera del Todopoderoso.
A continuación le arrebató el alma y el rey se cayó del trono al suelo.
Los clamores de sus súbditos se dejaron oír; se elevaron voces, gritos y llantos; si hubieran sabido lo que le preparaba la ira de su Señor, los lamentos y sollozos aún hubieran sido mayores y más y más fuertes los llantos.


lunes, 11 de noviembre de 2019

TODO LO QUE VE LO VE BLANDO (Julio Cortázar)


Conozco a un gran ablandador, un sujeto que todo lo que ve lo ve blando, lo ablanda con sólo verlo, ni siquiera con mirarlo porque él más bien ve que mira, y entonces anda por ahí viendo cosas y todas son terriblemente blandas y él está contento porque no le gustan nada las cosas duras.

Hubo un tiempo en que a lo mejor veía duro, tal vez porque todavía era capaz de mirar, y el que mira ve dos veces, ve lo que está viendo y además es lo que está viendo o por lo menos podría serlo o querría serlo o querría no serlo, todas ellas maneras sumamente filosóficas y existenciales de situarse y de situar el mundo.


Pero este sujeto un día hacia los veinte años empezó a no mirar más, porque en realidad tenía la piel suavecita y las últimas veces que había querido mirar de frente el mundo, la visión le había tajeado la piel en dos o tres sitios y naturalmente mi amigo dijo che, esto no puede ser, entonces una mañana empezó solamente a ver, cuidadosamente a nada más que ver, y por supuesto desde entonces todo lo que veía lo veía blando, lo ablandaba con sólo verlo, y él estaba contento porque no le gustaban de ninguna manera las cosas duras.

A esto un profesor de Bahía Blanca le llamó la visión trivializante, y era una expresión muy afortunada por ser de Bahía Blanca, pero mi amigo no solamente se quedó tan pancho sino que al ver al profesor lo vio como es natural sumamente blando, lo invitó a tomar cocktails a su casa, le presentó a su hermana y a su tía, y la reunión transcurrió en un ambiente de gran blandura.

Yo me aflijo un poco porque cuando mi amigo me ve siento que me pongo completamente blando, y aunque sé que no se trata de mí sino de mi imagen en mi amigo, como diría el profesor de Bahía Blanca, lo mismo me aflijo porque a nadie le gusta que lo vean como un flan de sémola, y que en consecuencia lo inviten al cine donde pasan una de cowboys o le hablen durante un par de horas de lo bonitas que son las alfombras de la embajada de Madagascar.

¿Qué hacer con mi amigo? Nada, claro. En todo caso verlo pero nunca mirarlo; ¿cómo, pregunto, podríamos mirarlo sin la más horrible amenaza de disolución? El que solamente ve, solamente ha de ser visto; moraleja melancólica y prudente que va, me temo va más allá de las leyes de la óptica.


jueves, 7 de noviembre de 2019

EL VIEJO MANUSCRITO (Franz Kafka)


Podría decirse que el sistema de defensa de nuestra patria adolece de serios defectos. Hasta el momento no nos hemos ocupado de ellos sino de nuestros deberes cotidianos; pero algunos acontecimientos recientes nos inquietan.

Soy zapatero remendón; mi negocio da a la plaza del palacio imperial. Al amanecer, apenas abro mis ventanas, ya veo soldados armados, apostados en todas las bocacalles que dan a la plaza. Pero no son soldados nuestros; son, evidentemente, nómadas del Norte. De algún modo que no llego a comprender, han llegado hasta la capital, que, sin embargo, está bastante lejos de las fronteras. De todas maneras, allí están; su número parece aumentar cada día.

Como es su costumbre, acampan al aire libre y rechazan las casas. Se entretienen en afilar las espadas, en aguzar las flechas, en realizar ejercicios ecuestres. Han convertido esta plaza tranquila y siempre pulcra en una verdadera pocilga. Muchas veces intentamos salir de nuestros negocios y hacer una recorrida para limpiar por lo menos la basura más gruesa; pero esas salidas se tornan cada vez más escasas, porque es un trabajo inútil y corremos, además, el riesgo de hacernos aplastar por sus caballos salvajes o de que nos hieran con sus látigos.

Es imposible hablar con los nómadas. No conocen nuestro idioma y casi no tienen idioma propio. Entre ellos se entienden como se entienden los grajos. Todo el tiempo se escucha ese graznar de grajos. Nuestras costumbres y nuestras instituciones les resultan tan incomprensibles como carentes de interés. Por lo mismo, ni siquiera intentan comprender nuestro lenguaje de señas. Uno puede dislocarse la mandíbula y las muñecas de tanto hacer ademanes; no entienden nada y nunca entenderán. Con frecuencia hacen muecas; en esas ocasiones ponen los ojos en blanco y les sale espuma por la boca, pero con eso nada quieren decir ni tampoco causan terror alguno; lo hacen por costumbre. Si necesitan algo, lo roban. No puede afirmarse que utilicen la violencia. Simplemente se apoderan de las cosas; uno se hace a un lado y se las cede.

También de mi tienda se han llevado excelentes mercancías. Pero no puedo quejarme cuando veo, por ejemplo, lo que ocurre con el carnicero. Apenas llega su mercadería, los nómadas se la llevan y la comen de inmediato. También sus caballos devoran carne; a menudo se ve a un jinete junto a su caballo comiendo del mismo trozo de carne, cada cual de una punta. El carnicero es miedoso y no se atreve a suspender los pedidos de carne. Pero nosotros comprendemos su situación y hacemos colectas para mantenerlo. Si los nómadas se encontraran sin carne, nadie sabe lo que se les ocurriría hacer; por otra parte, quién sabe lo que se les ocurriría hacer comiendo carne todos los días.

Hace poco, el carnicero pensó que podría ahorrarse, al menos, el trabajo de descuartizar, y una mañana trajo un buey vivo. Pero no se atreverá a hacerlo nuevamente. Yo me pasé toda una hora echado en el suelo, en el fondo de mi tienda, tapado con toda mi ropa, mantas y almohadas, para no oír los mugidos de ese buey, mientras los nómadas se abalanzaban desde todos lados sobre él y le arrancaban con los dientes trozos de carne viva. No me atreví a salir hasta mucho después de que el ruido cesara; como ebrios en torno de un tonel de vino, estaban tendidos por el agotamiento, alrededor de los restos del buey.

Precisamente en esa ocasión me pareció ver al emperador en persona asomado por una de las ventanas del palacio; casi nunca sale a las habitaciones exteriores y vive siempre en el jardín más interior, pero esa vez lo vi, o por lo menos me pareció verlo, ante una de las ventanas, contemplando cabizbajo lo que ocurría frente a su palacio.-¿En qué terminará esto? -nos preguntamos todos-. ¿Hasta cuando soportaremos esta carga y este tormento? El palacio imperial ha traído a los nómadas, pero no sabe cómo hacer para repelerlos. El portal permanece cerrado; los guardias, que antes solían entrar y salir marchando festivamente, ahora están siempre encerrados detrás de las rejas de las ventanas. La salvación de la patria sólo depende de nosotros, artesanos y comerciantes; pero no estamos preparados para semejante empresa; tampoco nos hemos jactado nunca de ser capaces de cumplirla. Hay cierta confusión, y esa confusión será nuestra ruina.


miércoles, 6 de noviembre de 2019

LA ZONA OSCURA (Isidro Saiz de Marco)


La intimidad de los muertos. Secretos guardados en sus armarios, papeles, estantes. Lo que ni siquiera revelaron a sus íntimos.

El cajón de la mesa donde trabajaba Javier.

De un sobre extraes la foto amarillenta de una muchacha, probablemente su primer amor; una placa con el nombre de “Rayo”, el perro de su infancia; y un plano.

Un croquis del barrio en que viviste con tus padres: tu casa, las calles próximas, la plaza donde aparcabas el coche.

Anotaciones junto al plano: Suele llegar a la plaza a las nueve. Cuando ella cruce de acera y antes de que suba a su coche, girar marcha atrás hacia la derecha. Conviene que la chica vea el golpe. Asegurarme de que golpeo el faro. A continuación bajar y decirle: " - ¿Es tuyo el coche? Vaya, lo siento, he roto el faro. Perdona, ahora tengo mucha prisa. Pero esta tarde te llamo y arreglamos lo del seguro". No olvidar pedirle el teléfono. Después llamarla, quedar en una cafetería.

“La chica” eres tú.

Veinte años sin contártelo, haciéndote creer que vuestro primer encuentro fue casual. Disfrutabas diciendo “nos conocimos por casualidad: gracias a que Javier rompió el faro de mi coche”. Y sin embargo no fue un accidente. Él lo había planeado con detalle: dónde girar, dar marcha atrás, un golpe en el faro… “Perdona, lo siento, qué despiste. Mira, ahora tengo mucha prisa, pero dame tu teléfono y te llamo esta tarde. Tomamos un café y rellenamos el parte del seguro”. Luego más llamadas, citas… Y después, una vida entera juntos.

Trozos de él que no quiso compartir contigo, tal vez con nadie.

Tu voluntad se divide: entre el deseo de saber más y la sensación de allanar un espacio sagrado. Finalmente encuentras un cuaderno de hojas manuscritas, algo parecido a un diario. Si Javier viviera no lo leerías, pero ahora es distinto. ¿Es distinto?

Empiezas a leer su diario pero, en la segunda página, tus pies te llevan a la cocina, enciendes una cerilla y mientras el cuaderno arde te preguntas, como cuando eras niña, de qué color es el fuego.


martes, 5 de noviembre de 2019

MIENTRAS ABRÍA LA BOCA (Rafael Baldaya)


En el búnker, mientras abría la boca para encajar en ella el cañón de la pistola, en la mente de Adolf brotó una extraña idea: la de que a él, en el fondo, lo que en verdad le habría gustado era ser bueno.


lunes, 4 de noviembre de 2019

OTRA VERSIÓN (Agrimensor)


Gregorio Samsa
esta vez se convierte
en mariposa.

.....

Al fin feliz,
de flor en flor ahora
vuela Gregorio.

.....

No fue kafkiana,
celebra Samsa, esta
metamorfosis.